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Turner y los Maestros [exposición 2010]
22 de junio-19 de septiembre.
Comisario: Javier Barón.
Obras: 80.
Catálogo: David Solkin, «Turner y los Maestros: espigar para superar», pp. 15-29; Philippa Simpson, «Hacer frente al pasado: los maestros antiguos y la escuela británica en el Londres de Turner», pp. 31-41; Ian Warrell, «“Sugerencias robadas de cuadros célebres”: Turner como copista, coleccionista y consumidor de pinturas de los maestros antiguos», pp. 43-57; Kathleen Nicholson, «Turner, Claudio de Lorena y la esencia del paisaje», pp. 59-73; Sarah Monks, «Turner se hace holandés», pp. 75-87; Javier Barón, «Ecos de Turner en España», pp. 89-97; David Solkin, «Educación y emulación», pp. 101-103.

Esta exposición mostró obras significativas de Joseph Mallord William Turner -artista quien contó con una perfecta conciencia de la pintura de los maestros del pasado, que estudió en profundidad, sin dejar de estar muy atento a los mejores artistas contemporáneos- junto con las de los maestros de otras épocas y de la suya propia. En la Sección I, «Educación y Emulación», se mostró su fascinación por la tradición clasicista a través de artistas como Gaspard Dughet, Piranesi y Richard Wilson. Al mismo tiempo, Turner prestó atención al paisaje del Norte y estudió la obra de Rembrandt y la de Van de Velde, lo que le permitió ampliar la riqueza de sus iniciales estímulos en obras como el Naufragio de un carguero. Seguidamente, en la creación de su propio estilo desempeñaron un papel relevante tanto la pintura veneciana del siglo XVI (Tiziano y Veronés) como el paisaje clasicista francés (Claudio de Lorena y Poussin), cuyos ejemplos siguió de modo muy próximo, como pudo verse en la Sección II, «La Academia y el Grand Style», que permitió la comparación entre estos artistas con obras como Puerto con el embarque de Santa Úrsula, de Claudio de Lorena, y el Declive del imperio cartaginés, de Turner, cuya Décima plaga de Egipto se expuso en relación con la obra de Poussin. A ello sumó la influencia de la pintura del Norte (Sección III, «Turner y el Norte»), tanto de la escuela holandesa (con una presencia muy destacada de Rembrandt, Ruisdael, Cuyp y Van de Capelle) como de la flamenca (Rubens y Teniers) y, asimismo, Watteau y otros pintores como Gainsborough y Wilkie. El interés de Turner hacia la pintura le llevó a homenajear a algunos artistas destacados (Sección IV, «Pintores pintados. El culto al artista»), como Rafael, Canaletto, Ruisdael y Watteau, introduciendo de modo explícito sus asuntos en sus cuadros o haciéndolos protagonistas de ellos. La especial relevancia que tuvo la propia confrontación con los artistas de su tiempo se mostró en la Sección V, «La competición con los contemporáneos», entre ellos Girtin, Bonington, Constable y Loutherbourg. El propio artista realizó al final de su carrera (Sección VI, «Turner se pinta en la Historia») obras en las que la doble influencia del paisaje clasicista personificado en de Lorena y del paisaje holandés, particularizado en Ruisdael, le llevó a una extrema intensidad pictórica. Para terminar, en la pareja de tema bíblico Sombra y oscuridad: la tarde del Diluvio y Luz y color (la teoría de Goethe): la mañana siguiente al Diluvio, el artista dialogó con las teorías del color de Goethe, y con Paz. Sepelio en el mar, rindió homenaje a David Wilkie, cuyo funeral junto a Gibraltar trasluce la emoción del pintor ante la muerte del artista con el que había competido.

A. P.

 
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