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Vermeer y el interior holandés [exposición 2003]
19 de febrero-18 de mayo.
Comisario: Alejandro Vergara.
Obras: 41.
Catálogo: Alejandro Vergara, «Contexto y singularidad de Vermeer. La pintura holandesa de interiores, 1650-1675», pp. 15-57; Mariët Westermann, «Vermeer y la imaginación interior», pp. 59-93.
El hecho de dedicar una muestra a un tema monográfico de la máxima importancia dentro de la pintura holandesa, junto con la presencia en España de un elevado número de obras maestras de Vermeer, hizo de esta exposición un acontecimiento de gran importancia en la historia del Museo del Prado, que tiene una reducida colección de pintura holandesa del siglo de oro, y que no posee ninguna obra de Vermeer. La muestra incluía un total de cuarenta y un cuadros considerados por los especialistas como de la máxima calidad artística e interés histórico. Se trataba de nueve obras de Vermeer, siete de Gabriel Metsu, seis de Pieter de Hooch, cinco de Ter Borch, tres de ­Gerrit Dow, Nicolaes Maes y Jan Steen, además de obras de Frans van ­Mieris, Caspar Netscher y Emanuel de Witte. La intención del proyecto era doble. Por un lado, se pretendía ofrecer al público la posibilidad de disfrutar de un grupo extraordinario de cuadros, poco conocidos en España. Además, la exposición aspiraba a contribuir al estudio de la pintura de género holandesa, y de la obra de Vermeer en particular. En 1995-1996 la National Gallery of Art de Wash­ington y el Mauritshuis de La Haya organizaron una exposición monográfica sobre Vermeer, y en 2001 el Metropolitan Museum of Art de Nueva York y la National Gallery de Londres produjeron otra muestra en la que se estudiaba la relación de Vermeer con otros artistas de Delft. El Prado pretendía dar un paso más en este proceso de exploración de la obra de Vermeer, estudiando la forma en que artistas de todos los lugares de Holanda contribuyeron a la creación del género más característico de la pintura de Vermeer: el interior doméstico. En un país de reducidas dimensiones, los pintores conocían bien las obras de sus colegas y las innovaciones que unos ofrecían se incorporaban rápidamente al lenguaje artístico de los otros. Así, el género evolucionó de forma unitaria, con lo que se convirtió en un lenguaje común que a su vez permitía a ­cada artista expresar su propia ­sensibilidad. La yuxtaposición de obras de los artistas mencionados, que se colgaron atendiendo a criterio temático, demostró la forma en que la minuciosidad de Gerrit Dow, la quietud domestica de Ter Borch o la construcción espacial de las obras de De Hooch, por citar algunos, influyeron sobre Vermeer, así como la ­extraordinaria habilidad de este ­pintor para plasmar atmósferas de ­introspección y quietud, y para trascender lo cotidiano. La relación de Vermeer con sus contemporáneos y las particularidades de todas las obras expuestas, se trataron en el catálogo de la muestra, con artículos de Alejandro Vergara, comisario de la muestra y conservador jefe de Pin­tura Flamenca y Escuelas del Norte del Museo Nacional del Prado, y de Mariët Westermann, directora del Institute of Fine Arts de la Universidad de Nueva York.

Alejandro Vergara

 
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