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Vistas del jardín de la «Villa Médicis», en Roma [Velázquez]
Vista del jardín de la «Villa Médicis», en Roma, h. 1630, óleo sobre lienzo, 48,5 x 43 cm [P1210].
Vista del jardín de la «Villa Médicis», en Roma, 1630, óleo sobre lienzo, 44 x 38 cm [P1211].
La diferencia de dimensiones, y sobre todo la diversidad de escala y de encuadre, impiden designarlos como pareja, pero ambos lienzos se centran en ese motivo arquitectónico llamado serliana. La serliana mayor, cuyo hueco central sirve de nicho a una escultura de mujer yacente (Cleopatra / Ariadna), abre a nuestra mirada una vista con casa y cipreses, que jalonan en profundidad el espacio. Y con una idea compositiva típica de Velázquez, un hombre de espaldas está contemplando a sus anchas ese paisaje exterior del cual a nosotros solo se nos permite ver una parte; como una variante del «cuadro dentro del cuadro» aquí se nos da un «paisaje dentro del paisaje». En la obra compañera, dos hombres parecen conversar delante de ese mismo motivo arquitectónico, que ha sido cegado mediante una tablazón de madera. En la balaustrada, un personaje despliega un gran lienzo blanco. El fondo tiene como tema también los cipreses, aunque en este caso forman una masa compacta. Se trata de dos de las obras más singulares de Velázquez, tanto por su tema como por su enfoque y su técnica. Son vistas de un jardín en el que no ocurre nada, y cuyos protagonistas son la arquitectura, la vegetación, las estatuas, personajes que ejecutan ­acciones intrascendentes, y hasta la misma luz y la atmósfera. En ellos se consagra el paisaje como género pictó­rico autónomo, que no necesita de un soporte narrativo para existir. Son, además, visiones muy espontáneas, tomadas directamente del natural, lo que las diferencia del resto de la pintura de paisaje de su época, mucho más artificiosa. Aunque en ocasiones se ha dicho que son obras realizadas durante el segundo viaje de su autor a Roma, en realidad todo apunta a que fueron hechas en su estancia anterior, en 1629-1630. Fue entonces cuando residió en Villa Médicis, y el tenor de estas Vistas excepcionales, con parajes de jardín fijados en flashes intranscedentes y anónimos del transcurrir de la vida en ellos, se entiende mejor como algo hecho para sí por un residente, por alguien que participa de algún modo en ese mismo pasar de los trabajos y los días (y las horas, que estos cuadros son con luz de mañana y tarde). Varias circunstancias más apoyan esta datación. Son obras para cuya imprimación se ha utilizado la llamada «tierra de Sevilla», que utilizaba Velázquez en las décadas iniciales de su carrera; y técnicamente se encuentran cerca de los paisajes que aparecen en el fondo de algunas de sus obras realizadas durante ese viaje o en años cercanos, como La túnica de José (monasterio de El Escorial) o Las tentaciones de santo Tomás de Aquino (Museo Diocesano de Orihuela). Su ejecución coincide con un momento en el que se estaba desarrollando un gran in­terés por el paisaje entre importantes pintores activos en Roma, como Poussin, Claudio de Lorena o Agostino Tassi. Algunos discípulos de este último pintaron, a principios de la década de 1630, en el Palacio del Quirinal, de Roma, una serie de vistas de iglesias, como las de San Cayo y San Urbano alla Cafarella, en las cuales el motivo arquitectónico está también deliberadamente descentrado, lo que lo desvincula de la tradición de la pintura documentalista. En ellas se recrea una arquitectura marcada por el tiempo y la incuria, con algo de ruina, como en las Vistas de Velázquez. Y como en éstas, las figurillas que están por allí no han sido sorprendidas en acciones recordables; son gente que circula, que sale de la iglesia o que charla en pareja o en grupo; es un día cualquiera más. Son éstas en sustancia las mismas palabras que valen para describir los dos lienzos velazqueños.

José Milicua

Bibliografía

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  • Díez del Corral, Luis, Velázquez, la monarquía e Italia, Madrid, Espasa Calpe, 1979.
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