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Zarzuela, La. La casa de la Zarzuela fue proyectada e iniciada por Juan Gómez de Mora en 1628 por encargo del cardenal-infante don Fernando de Austria como pabellón de caza junto al monte de El Pardo, y constituía el mejor ejemplar de «villa» suburbana creado en el entorno de la corte madrileña durante el siglo XVII gracias a la sencilla elegancia de su trazado arquitectónico de raigambre escurialense. Tres lados del edificio, cuadrado y de una sola planta -con sótano y desvanes para el servicio, y pabellones auxiliares a ambos lados-, estaban rodeados por el jardín, que formaba una terraza sobre la huerta, sostenido por un gran murallón. Habiendo de marchar a Flandes, el infante transfirió la propiedad de este palacio campestre, aún sin terminar, a su hermano Feli­pe IV, que lo concluyó entre 1634 y 1639 y desde entonces lo disfrutó para sus esparcimientos cinegéticos amenizados aquí con fiestas; de éstas tomaron nombre las obras teatrales con música «donde a la imitación de Italia / se canta y se representa» en español. El edificio existe reedificado. Como escenario para las jornadas de ocio de Felipe IV, la Zarzuela estaba alhajada con pinturas, aunque no tan importantes ni producto de un programa decorativo como las de la Torre de la Parada, otro satélite del palacio de El Pardo. Carlos II posiblemente utilizó esta casa con frecuencia, pues muchas de las ochenta y cinco pinturas aquí colgadas en 1700 databan de su reinado, en especial una docena de Giordano y tres obras bien conocidas de Carreño: el retrato de Pedro Ivanowitz Potemkin, embajador de Rusia, y los «Dos retratos de la monstrua […] el uno está en cueros y el otro vestido». Estas tres continuaron aquí hasta principios del siglo XIX, pero tal estabilidad no fue, ni mucho menos, la regla general para las pinturas de la Zarzuela durante el siglo XVIII. En 1710 las tropas del archiduque saquearon tanto la Torre de la Parada como esta casa, y aquí se perdieron siete; las demás se variaron de sitio al año siguiente, según revelan las notas al citado inventario. Las más destacadas entre las restantes fueron transferidas a Madrid antes de 1764 para amueblar el Palacio Nuevo, como señalaba Ponz añadiendo que «han quedado entre muchas copias varios quadros de cacerías y países de gusto flamenco, algunos son de Pedro de Vos; también hay diferentes cosas de la escuela de Rubens, como los quatro elementos, y algunos asuntos fabulosos: hay copias de retratos, floreros y algo de Gerónimo Bosco». De la Torre de la Parada procedían a su vez algunos de esos cuarenta y tres cuadros que el viajero vio, y precisa el inventario de 1794, por ejemplo, dos de Erasmus Quellinus, Jasón con el vellocino de oro y La muerte de Eurídice, y Un galgo blanco, por Paul de Vos.

José Luis Sancho

 
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