El riesgo que supuso trasladar por carretera las obras de arte desde Madrid hasta Valencia, a una distancia de 300km en un país en guerra, era más que notable. Fueron muchos los factores a considerar: los itinerarios debían trazarse con extremo cuidado, la velocidad de marcha empleada debía ser muy baja (máximo 30 km/h), para disminuir los efectos de las vibraciones en las obras; los vehículos debían estar provistos de extintores y repostar alejados de los surtidores de gasolina, mediante vehículos cisternas de apoyo, para evitar los efectos de un posible incendio de los depósitos de combustible. Finalmente debía establecerse la composición, distancia de marcha y escolta del convoy. Excepto algunos percances en los primeros traslados, los realizados bajo cuidado de la Junta de Madrid desde diciembre de 1936 se llevaron a cabo sin contratiempos.

 
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