Santo Grial, Rogelio de Egusquiza. Aguatinta y punta seca sobre papel japonés, 300 x 242 mm, 1893. Madrid, Museo Nacional del Prado. Donación del autor, 1902

La última creación operística de Wagner está inspirada en un poema medieval relacionado con la literatura artúrica y narra la historia del legendario caballero Perceval, cuya vida está destinada a custodiar el Santo Grial. Con la misión de salvar a Amfortas, Gobernador del Reino del Grial, de una herida mágica producida por la Lanza de Longinos, que le ha hecho enfermar, Parsifal -considerado como un “casto inocente, iluminado por la compasión”- parte del castillo de Montsalvat. Tiene como misión recuperar esa misma lanza, que está ahora en poder del mago Klingsor, quien para impedírselo cuenta con la ayuda de Kundry. Ésta es una malvada hechicera que anhela, secretamente, redimirse de sus malas acciones que la mantienen maldita desde hace siglos, por haberse reído del sufrimiento de Cristo camino del Calvario.

El triunfo de Parsifal y su regreso a Montsalvat, debido no sólo a su habilidad como caballero sino a su ascética independencia y a la bondad de sus decisiones, coincide con la muerte de Titurel, padre de Amfortas y primer custodio del Grial y de la Lanza, fallecido sin conocer el feliz desenlace. La Lanza cura definitivamente el sufrimiento de Amfortas y Parsifal, aclamado ya como su nuevo guardián, oficia una ceremonia con el Grial tras la que Kundry queda también perdonada y encuentra descanso eterno mientras una simbólica paloma se posa primero sobre el Cáliz y finalmente sobre el propio Parsifal. El Mal, en cualquiera de sus manifestaciones, se desvanece así ante la presencia del Bien Supremo.

Aunque empezó a trabajar en ella en 1857, no la estrenó hasta 1882. Wagner la bautizó como Festival escénico sacro, prohibiendo la representación de la misma fuera del teatro de Bayreuth, único escenario donde se garantizaba una programación a la altura moral de la intensidad religiosa de su creación.

Fue precisamente en España –país en el que está ambientada la obra- dónde se estrenó legalmente por primera vez fuera de Bayreuth, en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona, el 31 de diciembre de 1913, tras levantarse la prohibición wagneriana que había sido respetada universalmente, y alterada sólo una vez por la Metropolitan Opera de Nueva York en 1903. No es extraño que España fuera el escenario de ese primer estreno respetuoso con los designios de su autor, pues era uno de los lugares fuera de Alemania donde Wagner tuvo más fervorosos –y organizados- adeptos. El propio Egusquiza es buen ejemplo de ello, pues participó, junto a otros importantes personajes culturales del momento, de la llamada Asociación Wagneriana de Madrid, y otras agrupaciones parecidas surgieron en varios puntos del país, dedicadas a promover la difusión de su música. Algunas, como la de Barcelona, destacaron enormemente en el panorama internacional por sus brillantes y activas iniciativas.

 
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