Dama con una ardilla y un estornino (¿Anna Novell?). Hans Holbein. Óleo sobre tabla, 56 x 38.8 cm. Londres, The National Gallery

El sastre (“Il tagliapanni”). Giovanni Battista Moroni. Óleo sobre lienzo, 99.5 x 7 cm. Londres, The National Gallery

“Primeramente es necesario considerar la cualidad de aquellos a los que se ha de retratar, y según ésta, mostrarlos con el atributo que los identifica, como sería en el caso de un emperador la corona de laurel [...]”
Giovanni Paolo Lomazzo, Tratado del arte de la pintura, la escultura y la arquitectura, 1585

Además de plasmar los rasgos físicos del individuo y suscitar en el espectador una reacción empática, el retrato reveló también las inquietudes intelectuales y aspiraciones sociales de los retratados y proclamó los modelos de conducta moral o religiosa a los que éstos aspiraban imitar. El retrato trascendía así su función mimética e incorporaba una dimensión simbólica, rodeando al efigiado con una rica iconografía sacra y profana cada vez más codificada, y el mismo Lomazzo invocado al inicio de este texto se extendió prolijamente en los atributos más adecuados para cada caso. Encontramos así retratos de humanistas que posan ante vestigios de la Antigüedad y de mujeres que proclaman su condición de esposas ejemplares asimilándose a heroínas clásicas como Lucrecia, quien antepuso el honor familiar a la propia vida, o acudiendo a sutiles alusiones bíblicas que asociaban su virtud con la hilatura. De la misma manera, y aunque la exposición excluye deliberadamente imágenes de donantes, incluye retratos “a lo divino” donde el efigiado se hacía representar de forma inequívoca a la manera del personaje sacro de su especial devoción, ya sea San Jerónimo o la mismísima Virgen María. Como “viva imagen” del individuo, el retrato proporcionó además un vehículo idóneo para reflexionar sobre la caducidad del tiempo y lo ineludible de la muerte, transformándose a menudo en melancólicas y elocuentes vanitas.

Finalmente, el retrato poseyó una importante dimensión social, al visualizar la posición del individuo en la sociedad. Para explicitar el estatus del efigiado, los pintores recurrieron a elementos que lo proclamasen, desde un escudo heráldico a una determinada indumentaria, o lo mostraron en el ejercicio de su profesión. Magnífico ejemplo de retrato profesional es el celebérrimo Sastre de Moroni, testimonio de la irresistible democratización del género durante el siglo XVI; un proceso no bien visto por todos, como revelan las palabras de Pietro Aretino en julio 1554, cuando señaló como una de las grandes desgracias de su tiempo que hasta los sastres y carniceros se hicieran retratar.

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