Muchacho sosteniendo un dibujo. Giovanni Francesco Caroto.Óleo sobre tabla, 37 x 29 cm. Verona, Museo di Castelvecchio

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Baco y Ariadna, Tullio Lombardo. Mármol, 56 x 71.5 x 22 cm. Viena, Kunsthistorisches Museum

“Pues la pintura tiene en sí una fuerza tan divina que no sólo, como dicen de la amistad, hace presentes los ausentes, sino que incluso presenta como vivos a los que murieron hace siglos, de modo que son reconocidos por los espectadores con placer y suma admiración hacia el artista”
Leon Bautista Alberti, De pictura, 1435, libro II.25.

Esta frase de Alberti, una de las más recordadas de la teoría humanista de las artes, sintetiza a la perfección la segunda sección de la exposición, al señalar como esencial entre las múltiples funciones que satisfizo el retrato del Renacimiento, su capacidad para hacer presente al ausente, y como consecuencia de ello, suscitar en el espectador las más variadas reacciones. El retrato es, de todos los géneros pictóricos del Renacimiento, el que trasmite la sensación de una más reiterada y vívida comunicación con el espectador, y la literatura y la documentación de la época recogen múltiples situaciones donde los retratos son destinatarios del afecto del enamorado, del despecho del amante rechazado, del consuelo del amigo o del odio del rival. Esta capacidad empática fue precisamente aducida por Leonardo para justificar la superioridad de la pintura sobre la poesía: “Y si el poeta dice que puede inducir a los hombres a amar, lo que es cosa principal para todas las especies animales, el pintor tiene poder para esto mismo o más aún, puesto que pone ante los ojos del amante la propia efigie de la cosa amada, a la cual a veces besa y habla, lo que no haría ante las mismas bellezas descritas por el poeta” (Tratado de la pintura, 28).

La frase inicial de Alberti recordaba la capacidad del retrato para hacer presente al ser amado o al amigo, pero también al fallecido. El carácter memorial del retrato está presente desde su origen, y la costumbre de los antiguos romanos de guardar en sus viviendas imágenes de antepasados fue reiteradamente invocada e imitada durante el Renacimiento. Junto al retrato del padre o del cónyuge fallecido, en ámbitos palatinos y nobiliarios estas imágenes familiares dieron lugar a galerías dinásticas que conciliaban las exigencias de verosimilitud impuestas por el retrato moderno con la noción de continuidad y pertenencia al grupo característica de las viejas series icónicas bajomedievales, dando como resultado conjuntos deliberadamente homogéneos realizados siguiendo las tendencias retratísticas imperantes en cada momento.

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