Autorretrato. Alberto Durero. Pluma, 12.7 x 11.7 cm. Bremen, Kunsthalle Bremen

El artista con su maestro de esgrima. Rafael. Óleo sobre lienzo, 90 x 83 cm. París, Musée du Louvre

Autorretrato
Lupa
Zoom

“Se pinta con el cerebro, no con las manos”
Miguel Ángel, Carta, octubre 1542

“Esta mañana he hecho un retrato de mi rostro en el espejo, que no es convexo”
Giorgio Vasari, Carta a Vincenzo Borghini, 20 de septiembre de 1566

El retrato brindó al pintor un instrumento ideal de comunicación: el autorretrato. Ninguna otra obra de arte permitía a su artífice transmitir con mayor sinceridad sus aspiraciones sociales e inquietudes intelectuales, plasmar su ambición artística o reflejar sus más íntimos sentimientos, y consecuentemente, pocas imágenes superan en franqueza o experimentalismo a algunos de los autorretratos incluidos en la exposición.

La invención del autorretrato a inicios del Renacimiento estuvo ligada a cuestiones de estatus. En los siglos XV y XVI la posición social de un individuo dependía de su nacimiento u ocupación. Socialmente, la ocupación se valoraba conforme a la proximidad o distancia que mantenía respecto al trabajo físico. Todas las aptitudes susceptibles de ser aprendidas estaban clasificadas como “liberales” (intelectuales) o “mecánicas” (manuales o físicas), y entre éstas últimas figuraban las artes visuales. El gran empeño de los artistas del Renacimiento fue demostrar que la suya era una actividad liberal y no mecánica, acreedora del reconocimiento social reservado a disciplinas intelectuales como la poesía o la retórica. Ello explica su renuencia a mostrarse en sus autorretratos pintando o rodeados de los enseres propios de su oficio y su énfasis, por el contrario, en presentarse con un atavío y una actitud que proclamara la nobleza de su ocupación y, cuando las circunstancias lo permitían, también la prosperidad alcanzada por su desempeño. Sólo a finales del siglo XVI los artistas tuvieron suficiente confianza en su posición social como para reconocer que el caballete, la paleta y el pincel eran atributos que podían reivindicarse con orgullo.

No hay autorretrato sin espejo, pero rara vez los artistas utilizaron éste únicamente para ver su imagen reflejada. El espejo permitía al pintor especular con la esencia misma del retrato: su capacidad para captar la realidad, brindándole múltiples posibilidades formales y expresivas, desde la distorsión de la imagen a brillantes juegos ilusionistas que apelaban a la complicidad del espectador. Y es que como señalara Vasari a propósito de un autorretrato que Parmigianino realizara sirviéndose de un espejo convexo, fue realizado “per investigare le sottigliezze dell’arte”.



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