Brigida Spinola Doria. Pedro Pablo Rubens. Óleo sobre lienzo, 152.5 x 99 cm. Washington D.C., National Gallery of Art

Brigida Spinola Doria. Pedro Pablo Rubens. Óleo sobre lienzo, 152.5 x 99 cm. Washington D.C., National Gallery of Art

Federico III, elector de Sajonia. Alberto Durero. Buril, 19.2 x 12.6 cm. Madrid, Biblioteca Nacional

Carlos V y el Furor
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“Todo Príncipe es compuesto casi de dos personas. La una es obra salida de manos de la Naturaleza, en cuanto que se comunica un mesmo ser con todos los otros hombres. La otra, es merced de la Fortuna y favor del cielo, hecha gobierno y amparo del bien público, a cuia causa la nombraremos persona pública”
Fadrique Furió Ceriol, El Concejo y Consejeros del Príncipe, Amberes, 1585.

En el Renacimiento el retrato de corte cristalizó como expresión de la doble naturaleza real e ideal del gobernante, las dos personas de las que hablara Furió Ceriol. Ello obligaba a conciliar la necesidad de verosimilitud que exigía la creciente personalización del poder con la dimensión simbólica y atemporal del mismo, generando una tensión entre realismo e idealismo que fue y sigue siendo inherente al retrato de estado. Atenuar defectos físicos fue habitual en el retrato del Renacimiento, y para justificar esta selectiva alteración de la realidad los tratadistas retomaron una figura de la retórica glosada por Plinio y Quintiliano: la dissimulatio, según la cual, el realismo debía supeditarse al decoro. El ejemplo clásico lo proporcionaba Apeles al retratar de perfil al tuerto rey Antígonos, el mismo Apeles al que Alejandro Magno había otorgado la exclusividad de su retrato. No por causalidad, el pintor griego y el monarca macedonio fueron el espejo en el que se miraron los más destacados artistas y gobernantes del Renacimiento.

Aunque el retrato de corte está en la génesis misma del género y muchos de los retratos incluidos en la primera sección de la exposición lo son de gobernantes o individuos de su entorno, fue en el siglo XVI cuando adquirió unos rasgos específicos. La progresiva “democratización” del retrato obligó a pintores y patronos a buscar fórmulas que singularizasen sus retratos de los del común, y tipologías como el retrato de cuerpo entero, el sedente o el ecuestre surgieron en respuesta a esta demanda.

Tras décadas de experimentación, en la segunda mitad del siglo XVI asistimos a una progresiva homogeneización del retrato de corte en torno a un modelo que, con ligeras variantes, mantuvo su vigencia hasta el siglo XVIII. Este modelo cristalizó hacia 1550 con los retratos que Tiziano y Antonio Moro pintaran para los Habsburgo, magnífica síntesis de realismo e idealización sin estridencias, y cada vez mas estereotipado, se propagó por toda Europa superando barreras políticas y religiosas.

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