Anciano con su nieto. Domenico Ghirlandaio. Témpera sobre tabla, 62.7 x 46.3 cm. París, Musée du Louvre

“En casa de M. Zuan Ram [Venecia], 1531.
Un retrato de Roger de Bruselas [van der Weyden] pintor antiguo célebre, en una tabla pequeña al óleo, hasta el pecho, de mano del propio Roger hecho con un espejo en 1462”
Marco Antonio Michiel, Notizia d’opere del disegno

La aparición del retrato autónomo es indisociable de la evolución de la pintura en el siglo XIII. No sorprende por ello que fuera Giotto (h. 1267-1337), quien en conocida expresión de Giorgio Vasari “resucitó” la pintura tras siglos de abandono, el primer pintor de quien se citan retratos autónomos, o que en su entorno se elaborara la primera definición del retrato que conocemos, cuando hacia 1310 Pietro d’Abano señaló que el retrato debía reflejar tanto la apariencia como la psicología del individuo. Entre 1360 y 1380 el retrato conoció un impulso decisivo en la corte francesa de los Valois, fechándose entonces los primeros ejemplares conservados y hacia 1400 los más tempranos incluidos en la exposición.



Ésta se inicia con aquellos factores que contribuyeron al surgimiento del retrato moderno. De un lado la tradición medieval, representada por las series dinásticas, las imágenes devocionales y el naturalismo del arte gótico; del otro el redescubrimiento de la Antigüedad, ilustrada por esculturas y monedas romanas. No puede subestimarse la importancia de la medalla, complementaria pero también sustitutiva del retrato pintado, y responsable del predicamento en Italia del Quattrocento del retrato de perfil.



Las obras expuestas reflejan las diferencias tipológicas y conceptuales entre los dos grandes centros del retrato de la época: Italia y Flandes, y la progresiva influencia de los modelos flamencos en la Europa meridional. Durante el siglo XV el retrato flamenco superó en prestigio al italiano, lo que explica su temprana presencia en colecciones italianas o que gobernantes italianos y españoles enviaran a sus pintores a Flandes para formarse. Habrá que esperar a inicios del siglo XVI para percibir un cambio de tendencia como resultado de la complejidad compositiva y conceptual alcanzada entonces por el retrato italiano, capaz de adentrase en terrenos apenas hollados como la representación de estados anímicos y de desarrollar sofisticadas estrategias visuales para acrecentar la interacción entre retrato y espectador.

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