Diseño para un retablo, Alonso Cano. Pluma y tinta parda, aguada parda sobre lápiz negro, 309 x 232 mm, c. 1660 © The Trustees of the British Museum 1950,0211.16

En los primeros años del siglo XVI Sevilla se convirtió en el principal centro comercial del Imperio. Carecía, como Córdoba, y a diferencia de Madrid, de una Corte que centralizase la actividad artística, de modo que los encargos procedían fundamentalmente de la Iglesia y de clientes particulares.

Es difícil hacerse una idea clara de los usos de los talleres sevillanos del siglo XVI, y en realidad la ciudad no se convirtió en un foco de producción artística hasta el siglo XVII, con pintores como Francisco de Zurbarán y Bartolomé Esteban Murillo. En 1660, Murillo y Francisco de Herrera el Mozo fundaron una academia de dibujo que permaneció abierta durante catorce años y por la que pasaron muchos estudiantes, lo que garantizó la pervivencia del dibujo como base de la práctica del arte.

Otros maestros se formaron en Sevilla y acabaron por hacer una brillante carrera en la capital, como Diego Velázquez, Herrera el Mozo o Alonso Cano. Si bien la movilidad de estos artistas dificulta la identificación de un estilo regional, figuras dominantes como Francisco Pacheco en Sevilla y Antonio del Castillo en Córdoba, influyeron considerablemente en los que trabajaron a su alrededor.

 
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