Francisco Zurbarán, Aparición de San Pedro Apóstol a San Pedro Nolasco. Museo del Prado

En torno a 1630 Velázquez realizó varias obras religiosas, que serían los últimos grandes cuadros de este tipo que pintó, y sitúan a su autor entre los artistas españoles que han conseguido crear las imágenes más eficaces para la transmisión de un sentimiento devocional. Todas ellas son de lectura clara, invitan a la reflexión y la meditación, y muestran a un artista en la plenitud de sus facultades, que había aprovechado extraordinariamente la experiencia italiana y sabía enfrentarse de manera original a cada tema: Si en el Cristo crucificado vuelve a aprovechar al máximo las ilimitadas posibilidades expresivas del desnudo, en San Antonio Abad y San Pablo, primer ermitaño muestra que el interés por el paisaje que ya expresó en Roma no fue accidental; y en La tentación de santo Tomás de Aquino demuestra de nuevo su capacidad para expresar emociones y establecer una relación fluida entre los personajes. Con esta obra inició una ampliación de la gama cromática, que se haría cada vez mayor con el tiempo, y que caracteriza también La Coronación de la Virgen.

Una de las cosas que singularizan a Velázquez del resto de los artistas españoles es la escasa importancia numérica de sus obras religiosas. Al mismo tiempo, es precisamente en este campo donde podemos apreciar mejor lo que le une o le separa estéticamente de los colegas de su generación, con algunos de los cuales entabló relaciones de amistad. Sendas obras maestras en las que Zurbarán, Gregorio Fernández o Alonso Cano representan temas cercanos a los de Velázquez muestran no sólo la calidad del medio artístico local, sino también su variedad, y sitúan la pintura religiosa de éste en un contexto preciso.

 
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