Guido Reni, Sibila. Colección Denis Mahon

Guido Reni, Sibila. Colección Denis Mahon

El gusto de Velázquez por jugar con la tensión entre la realidad y su representación y con los dobles sentidos no sólo se expresa en escenas religiosas o mitológicas. También aparece en sus imágenes de filósofos antiguos o de héroes modernos. Para representar a Esopo y Menipo recurrió a los harapos que empezaban a ser frecuentes en las imágenes de los filósofos, mientras que Barbarroja y Juan de Austria no son los héroes militares que aparentan, sino sendos bufones disfrazados de tales. Los dos primeros se pintaron para la Torre de la Parada, en relación con Heráclito y Demócrito de Rubens; y la comparación entre unos y otros es muy interesante para conocer la senda que siguió Velázquez. Los filósofos de aquél tienen los pies desnudos, y uno ríe y el otro llora. Su contextura corporal es absolutamente rubensiana, es decir, robusta y musculada, y sus gestos se adecuan a unos códigos de expresión sólidamente establecidos. Velázquez planta a los suyos en un escenario interior, sus vestidos y zapatos son los que llevaría cualquier mendigo de cualquier ciudad española y hay una voluntad de aproximación realista a los rostros. Están situados en el espacio de la misma manera que muchos de sus retratos, y el pintor juega con los límites entre retrato y ficción.

El grupo de imágenes relacionadas con la filosofía y la historia se completa con varias sibilas, a las que se reconocía capacidad anticipatoria. La comparación entre las dos versiones de Velázquez permite asistir al camino recorrido por el pintor desde principios de los años 30 hasta la década siguiente.

 
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