Paisaje invernal con patinadores, Joost Cornelisz Droochsloot. Óleo sobre lienzo, 75 x 111 cm. 1629. Madrid, Museo Nacional del Prado

La escasa presencia de pintura holandesa en los inventarios de las colecciones de los últimos Austrias, Felipe IV y Carlos II, se debió al contexto histórico y político, y además respondió a una cuestión de gusto y de desinterés artístico. Los pintores holandeses trabajaban en un ambiente protestante y, en su afán por liberarse de la influencia del Sur católico, habían optado por vincularse a la tradición pictórica nórdica, que era la defendida por la Iglesia reformada de línea calvinista imperante en Holanda. Se trataba, además, de un pueblo que había luchado por dejar de ser súbdito de la corona española y era enemigo de la Iglesia de Roma.

Como consecuencia, y a pesar de su extraordinaria e innegable calidad pictórica, Felipe IV y Carlos II –igual que otros coleccionistas italianos y franceses del siglo XVII– no podían encontrar deleite en unas obras vinculadas a esa tradición, que se apartaba del idealismo clasicista derivado del humanismo renacentista en favor de una pintura descriptiva y doméstica basada en el objeto y en la representación del entorno y el quehacer cotidiano.

 
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