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Adán
Lupa
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Eva
Lupa
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En 1507, tras su segundo viaje a Venecia, Durero representa a Adán y Eva a escala natural trazando los contornos con una línea fluida y continua sustituyendo el canon vitrubiano –de ocho cabezas- por uno más esbelto, de nueve cabezas, y con unos detalles anatómicos apenas sugeridos. Su postura inestable y sus movimientos rítmicos, a la vez que sus gestos afectados y rostros ensimismados anticipan el arte de la “maniera”, muy pronto abandonado por el pintor de Nuremberg.

Aunque no existen referencias documentales sobre quién mandó hacer estas dos tablas a Durero, se considera que se destinaron en origen al Ayuntamiento de Nuremberg ya que era allí donde se encontraban a finales del siglo XVI cuando el municipio se las regaló al emperador Rodolfo II, que las destinó a la nueva galería del castillo de Praga. Capturadas por los suecos durante el saqueo de Praga (1648), se trasladaron a Estocolmo. En 1654, tras su abdicación, Cristina de Suecia –que no gustaba de la pintura nórdica-, se las regaló al rey Felipe IV, gran amante de la pintura.

Desde su llegada a Madrid en 1655, las obras se consideraron como “desnudos” y, como tales, se colgaron en las “bóvedas de Tiziano”, el cuarto de verano del Alcázar que albergaba las obras de desnudos de Tiziano, Rubens, Tintoretto, Ribera y otros destacados pintores. Por fortuna, esa zona del edificio apenas sufrió en el incendio del Alcázar (1734) y las tablas de Durero se llevaron al Buen Retiro, junto con otras obras salvadas del fuego.

Por prejuicios de carácter moral, en 1762, el rey Carlos III las incluyó en una lista con otros cuadros "indecentes" para su destrucción. La intervención de Mengs, entonces pintor del rey, consiguió salvarlos por considerar que "eran muy útiles para que por ellos estudiasen sus discípulos". Con este propósito didáctico, diez años más tarde, se llevaron a la Academia de San Fernando, donde permanecieron ocultos. Sólo pudieron contemplarse sin restricciones durante el reinado de José Bonaparte (1809-1813), en el que fueron expuestas en la Sala de Juntas para servir "de estudio a los Discípulos de la Academia y de complacencia a los amantes de Bellas Artes".

Tras ingresar en el Museo del Prado en 1827, Adán y Eva de Durero se destinaron a la sala reservada, en la que se dispusieron las pinturas de desnudos hasta 1838, fecha en la que se integraron en el discurso expositivo.

Estas tablas, obras maestras dentro de la producción pictórica de Durero y ejemplo de desnudos a escala monumental, no son sólo una mera exaltación de la carnalidad, sino que, tras las dos pinturas, subyace una reflexión moral. En la cartela que cuelga de la rama del árbol de la tabla de Eva, en la que se incorpora el nombre y el anagrama del pintor y la fecha de ejecución, la alusión al "parto de la Virgen" -"post Virginis partum"-, alude a María como "nueva Eva", como la mujer sin macula elegida por Dios para salvar a los hombres del pecado que Adán y Eva se disponen a cometer.

Pilar Silva Maroto, Jefe del Departamento de Pintura Flamenca y Escuelas del Norte (1400-1600) y Pintura Española (1100-1500).

 
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