Meleagro
Lupa
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La presencia de un monarca renacentista, Felipe II, amante de las artes y patrono de pintores como Tiziano, domina este espacio dedicado a la escultura, que incluye el pequeño busto que se atribuye a uno de sus artífices favoritos, el italiano Pompeo Leoni. Como la pintura, la escultura también fue capaz de hacerse pequeña, sin perder por ello su grandeza, para ocupar espacios íntimos dedicados al culto de la Antigüedad clásica, como demuestra el bello Meleagro herido, exquisito ejemplo del manierismo toscano de Silvio Cosini, o los relieves, casi transparentes, de alabastro. La escultura, con su nobleza tradicional, fue un arte al servicio de los poderosos; resaltó su gloria y dejó constancia de sus facciones. En el Renacimiento conllevaría, además, una recuperación voluntaria del retrato romano, como se aprecia en el mencionado busto de Felipe II, o en el relieve dedicado a Francisco I de Medici, del flamenco Giambologna, afincado en Florencia. El influjo de Durero se expresa también aquí con una copia en marfil de su famoso grabado de Adán y Eva, que había sido compendio de sus estudios sobre las proporciones humanas, y que se debe al prolífico escultor alemán Hering Loy. En esa misma línea de medida y conocimiento del cuerpo se encuadra un raro maniquí articulado, atribuido a Durero o a su círculo inmediato, que evidencia una nueva práctica artística que reside en el dibujo constante de modelos del natural o, a falta de ellos, como en este caso, de un pequeño ingenio que permitía sustituirlos, variando las actitudes y posiciones del cuerpo y de sus miembros.

 
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