Nacimiento de Apolo y Diana
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Los inventarios de la Colección Real en los siglos XVII y XVIII abundan en obras de Rubens. De los artistas que visitaron España por un tiempo suficiente como para dejar su impronta, Rubens fue el de mayor calidad y más dilatado influjo. Su sofisticada formación y su cultura, su estancia en Italia, sus viajes como diplomático en favor de la paz, sus éxitos —incluso en el amor— y su clarividente apreciación de las artes en todas sus manifestaciones —como revela aquí un dibujo de Heemskerck que animó con sus pinceladas—, hacen de él un artista y un hombre excepcionales. En Roma en 1600, apreció el mundo clásico, como se ve en El nacimiento de Apolo y Diana y en Los siete sabios de Grecia, y aprovechó las novedades ofrecidas por italianos y extranjeros, entre ellos Elsheimer, con sus paisajes y escenas nocturnas. Fue generoso con su saber y su fama, y así lo demostró con el apoyo a sus discípulos, como Van Dyck o el joven Velázquez, a quien animó en su deseo de viajar a Italia. De su visión extraordinaria para la colaboración, y que ello supusiera un avance artístico, surgen pinturas como la Virgen y el Niño en un cuadro rodeado de flores y frutas y la serie de Los Sentidos, en la que Brueghel el Viejo se ocupó del paisaje, las flores y los animales. Maestro de la pincelada rápida y segura, del colorido exquisito y del movimiento dinámico, nada mejor para mostrarlo que los bocetos, en los que brilló sin competencia, como los preparatorios para las pinturas de la Torre de la Parada, encargadas por Felipe IV, de quien hay aquí un retrato atribuido a Gaspar de Crayer.

 
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