Un filósofo
Lupa
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Ante la mirada del melancólico Filósofo de Koninck se despliegan bodegones y floreros que evidencian el concepto de vanitas que subyace en el arte del siglo XVII: el paso del tiempo, la vanidad de la belleza y de las cosas y la presencia de la muerte. Un pequeño retrato de Mariana de Austria, según las facciones que de ella dejó Velázquez, nos recuerda que entre los atributos de las reinas estaban las fl ores, por su belleza y delicado aroma. Brueghel el Joven anuncia las posibilidades del mundo en su alegoría de la Abundancia, que promete los bienes que todo ser humano espera encontrar en su fugaz paso por la tierra y a los que aluden con ligereza las exquisitas frutas de Van der Hamen. Los pintores fl amencos continúan la deslumbradora locura de sus predecesores medievales por captar la realidad. Su magia reside en su capacidad de abstracción, en evitar la pedantería del pormenor y en cambio recurrir a la intensidad selectiva para revivir la materia y conseguir, como Van Vollenhoven en el estornino de su bodegón, que el pájaro sea pájaro y no su imagen pintada, como en las hazañas pictóricas de Parrasios y Zeuxis. La solemne arquitectura que acoge al grupo de pajarillos muertos, con una resonancia de catacumba, no es menos impresionante que el oscuro vacío que rodea al cordero de Zurbarán o al gallo blanco de Metsu. El francés Linard expresa la vanidad del saber y Steenwijck la rapidez con la que se desvanecen los placeres. Sólo queda el recurso de la huida, para la que Brueghel el Joven nos proporciona al bello y fuerte caballo blanco con el que cabalgar por su Paraíso.

 
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