Separación de Armida y Reinaldo
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Las escenas de las tumbas egipcias, la cabalgata sin fin de los jóvenes de Fidias en el Partenón o las predelas de los retablos, entre otras manifestaciones del arte desde la Antigüedad, evidencian el gusto por representar de forma seriada la vida que pasa ante el artista. En el siglo XVII, cuadros de gabinete presentan de forma independiente, y por medio de este modo fragmentado y cinético, las facetas de un todo: Murillo con los bocetos moralizantes del hijo pródigo, y Teniers con la historia de Reinaldo y Armida de la Jerusalén libertada de Tasso (1580), que inspiró a artistas, músicos y escritores por sus enredos de magia, poder y amor en un escenario exótico. Otro ejemplo lo encontramos en la sala siguiente en la obra de Van Kessel, que logró reunir las cuatro partes del mundo en 68 diminutas escenas, de las que perviven 39, que ilustran el reino animal, así como ciudades y paisajes de los cuatro continentes reconocidos en el XVII, con el sentido globalizador de entonces, que mostraba ingenuamente el sentimiento de poderío de Europa. Un ansia de clasificación científica empieza a invadirlo todo y se extiende también a la psicología, de lo que Descartes, que pasó la mayor parte de su vida en Holanda, es consciente en su Tratado de las pasiones del alma (1649), resumidas en los divertidos monos de Teniers, con su satírico «retrato» de las actividades de hombres y mujeres. El mono pintor se dedica, precisamente, a los irresistibles cuadritos de gabinete que todos coleccionaban. El archiduque Leopoldo, por el contrario, cuelga en su palacio grandes obras maestras de la pintura, reflejo perpetuo del gusto y el prestigio que emanaba entonces de la realeza y la aristocracia.

 
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