Mariana de Neoburgo, reina de España, a caballo
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Tres cuadros del flamenco Wouwerman enlazan esta sala con las anteriores a través de sus paisajes. La sensibilidad nórdica se centra ahora en la amplitud de los horizontes y en la belleza del cielo. En esas tierras abiertas, de lomas verdes, damas y caballeros salen de caza con sus halcones y sus perros, y es así como el artista recrea la vida ordenada de la sociedad de su país. Técnica y asunto anuncian el siglo XVIII, como también, en la pintura religiosa, lo presagia Murillo, cercano a la ternura, colorido y delicadeza de pincel que caracterizan la centuria siguiente. Así lo demuestran las obras de Goya, visibles a través de la hendidura en el muro y conectadas con las de los que le precedieron en la Colección Real. Giordano ilustra excepcionalmente el último barroco decorativo y en el pequeño formato resume la grandeza de sus frescos. En las dos bellas escenas sobre cobre utiliza su proverbial virtuosismo técnico y su reconocida capacidad de imitación, que le acercan a modelos de artistas alemanes como Durero y Lucas van Leyden o al colorido y la suavidad de Correggio. En los retratos ecuestres de Carlos II y Mariana de Neoburgo incorpora la nobleza de los ejemplos de Velázquez, pero también la habilidad de Rubens para introducir la alegoría: la Fe para el rey y la Abundancia para la reina. La constante referencia al mundo clásico aparece en los paisajes de Panini y de Conca, y en su Autorretrato Solimena se presenta ya como un príncipe de la pintura, como había proclamado Durero en el suyo a fines del siglo XV. La sensibilidad lánguida del desnudo del boloñés Creti anuncia ya el Romanticismo.

 
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