Modelo en el estudio del pintor
Lupa
Zoom

La pintura de pequeño formato del siglo XIX se presenta aquí como la decoración de un abigarrado salón de la época, donde los últimos coletazos de los románticos seguidores de Goya, Alenza o Lucas se unen al preciosismo de artistas más tardíos, como Jiménez Aranda y Pradilla. Reflejaron unos el misterioso mundo de la calle, que había iniciado el primero, con borrachos, brujas, máscaras y sermones de casticismo quimérico; otros se decantaron por escenas de la historia española, en las que la Inquisición y los flagelantes incidían en sus tintas más negras, o en pasajes que bajo una estética recargada y preciosista de imaginación descriptiva y precinematográfica recreaban asuntos románticos y grandiosos. En el siglo de la burguesía por excelencia, brillan las estancias acogedoras y las damas de elegancia discreta, como Luisa Bassecourt, de Madrazo, la exótica y démi-mondaine modelo de Palmaroli o las jóvenes del bohemio estudio de Muñoz Degrain. Todas ellas ponen de relieve el papel fundamental de la mujer, heroína indiscutible y atractiva de ese siglo: Anna Karenina, Madame Bovary, Fortunata y Jacinta, la Regenta, Madeleine Férat, la Dama de las camelias, Thérèse Raquin o… la camarera del Bar del Folies Bergère. Y aún les quedaba ganar el futuro, como a la joven de la playa, que se abstrae en la visión que le otorga la distancia encerrada en sus prismáticos. Un refinadísimo Fortuny, más allá del mundo de París y de Roma que había afectado a todos los artistas españoles del siglo, entra de lleno en el exotismo que ofrece Marruecos y en la delicada vibración decorativa del arte japonés, aunque de elegir uno de sus cuadros, ¿qué tal el jardín entre sol y sombra de su propia casa?

 
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