José Nicolás de Azara, Antón Rafael Mengs. Óleo sobre tabla, 77 x 61,5 cm, 1774. Madrid, Museo Nacional del Prado

De carácter íntimo y marcado por una notable sencillez, este retrato, realizado a principios de 1774 en Florencia, es un ejemplo magistral del clasicismo del artista y se considera como uno de los mejores de su producción. Asimismo hay que añadirle el valor del personaje retratado, uno de los más destacados representantes de la Ilustración española.

El retrato se ajusta al gusto de su tiempo, como reflejo de la más pura expresión neoclásica de este género, del que Mengs fue uno de sus máximos representantes. Por ello, el modelo está captado con una sublime dignidad y una naturalidad, que revela su pureza intelectual y que no necesita de los ricos accesorios que acompañan al poder, pero con la profundidad psicológica que pone de manifiesto su carácter. Destaca la expresión lírica, revelada por la leve sonrisa en sus labios y la mirada, precisamente por ese “suave movimiento de la boca y de los ojos”, a través del cual, según Azara, los griegos representaron los movimientos del alma. Esta expresión comunica la amistad con el pintor y la sensibilidad y la pasión del modelo por la literatura, que se evidencia también en el libro en la mano, cuya lectura Azara ha interrumpido para atender al artista con la nueva espontaneidad exigida en los retratos del siglo XVIII.

 
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