La catedral metropolitana era el centro de la vida religiosa de Sevilla y los canónigos de su cabildo, que regía una de las archidiócesis más ricas de España, formaban parte de la elite cultural de la ciudad.

Murillo pintó a lo largo de su carrera importantes obras para diversas dependencias de esta institución que aumentaron y cimentaron su prestigio, algunas financiadas por particulares y luego donadas a la catedral y otras encargadas por el propio cabildo: los arzobispos San Isidoro y San Leandro (1655) para la sacristía; el San Antonio con el Niño (1656) para la capilla del Bautismo y, para la capilla de la Concepción Grande, un Nacimiento de la Virgen (1660).

Cuando en 1667 Justino de Neve es elegido mayordomo de fábrica (el encargado del mantenimiento del edificio y sus obras de arte) por el cabildo catedralicio, del que formaba parte desde 1658, acomete varias acciones para mejorar el patrimonio artístico del templo, llegando a estar tan involucrado en su tarea que en ocasiones aportó financiación de su propio bolsillo. Es en este momento cuando Murillo recibe otras dos grandes comisiones para la catedral. Por un lado, la decoración de la bóveda de la Sala Capitular, donde los canónigos celebraban sus reuniones, con temas que debían inspirar la virtud y la devoción: una Inmaculada y ocho tondos con representaciones de los más importantes santos sevillanos (san Isidoro, san Leandro, san Fernando, san Hermenegildo, san Pío, san Laureano, santa Justa y santa Rufina). El otro encargo fue la ejecución del gran lienzo del Bautismo de Cristo para la capilla de San Antonio o del Bautismo, restaurado en el Museo del Prado con motivo de esta exposición.

 
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