Inmaculada Concepción. José Antolínez. Óleo sobre lienzo, 207 x 167 cm

La última sección de la exposición es la más fascinante y significativa. Como su propio título indica, muestra la gama de respuestas de los pintores hispanoamericanos a las diversas fuentes que tenían a su alcance. Dispuestas en comparaciones temáticas, estas pinturas funcionan en varios niveles. El más evidente es la relación con la pintura española, en especial la andaluza y, en menor medida, la madrileña. Sin embargo, como hemos visto en la sección anterior, los pintores americanos tuvieron acceso a las imágenes de otros territorios de la Corona, en particular de Flandes, y fueron capaces de interpretar por sí mismos esas otras fuentes. De forma gradual, desarrollaron lo que se conoce como una tradición local o una adaptación de las convenciones artísticas españolas, que reconfiguraron de acuerdo con las necesidades y exigencias de sus sociedades.

Este proceso se presenta mediante la agrupación de las pinturas en conjuntos temáticos que ilustran esas “identidades compartidas y variedades locales” de la pintura hispánica de 1550 a 1720.

En las obras dedicadas a la Inmaculada, uno de los objetos devocionales más característicos del mundo español, se observa tanto la plataforma común que comparten los artistas a uno y otro lado del océano, como los rasgos que caracterizan la producción de los distintos centros, y las variantes que se fueron dando a lo largo del tiempo respecto a los símbolos que acompañan a la imagen, su postura o el color de su vestimenta.

 
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