Presentación especial: Pantoja de la Cruz en el IV Centenario

La reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II
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Este año se cumple el IV Centenario de la muerte del pintor Juan Pantoja de la Cruz. Con motivo de esta efemérides, el Museo mostrará en sus salas, desde el próximo martes 3 de junio y hasta el 7 de septiembre, una presentación especial de diez obras del artista que, por razones de reorganización de espacios, no se exhiben de forma permanente.

El 26 de octubre de 1608 moría en Madrid el pintor Juan Pantoja de la Cruz; sin duda, uno de los artistas más representativos de una buena parte del reinado de Felipe III (1598-1621). Se cumplen por tanto cuatrocientos años de la desaparición de este retratista del que el Museo Nacional del Prado posee una veintena de obras, algunas de ellas depositadas en organismos oficiales y otras instituciones culturales, como el Palacio de Pedralbes (Barcelona), el Monasterio de El Escorial, el Museo Balaguer de Vilanova i la Geltrú o la Catedral de Córdoba.

Pantoja nació en Valladolid en una fecha próxima a 1553. Se formó en el taller de Alonso Sánchez Coello (1531/32-1588), artista que consolidó en nuestro país de manera definitiva el llamado ‘retrato de corte’. Juan Pantoja comenzó a trabajar para el rey a mediados de la década de los ochenta, aunque no fue nombrado pintor de cámara hasta 1596. Como ya hiciera su maestro Sánchez Coello mantuvo en los retratos del rey y su familia las convenciones creadas por Tiziano (h. 1485-1576) y Antonio Moro (1519-1576) a mediados del siglo XVI. Imágenes graves, envaradas, distantes e inexpresivas que surgen imponentes sobre un fondo oscuro en el que se ha incluido algún elemento cargado de significación áulica: un bufete, un sillón frailero o una columna. El vallisoletano desarrolló un tipo de pincelada prieta y meticulosa; en sus mejores retratos impuso un sello inconfundible de sofisticación, abstracción geométrica y un sentido teatral de la iluminación que dan a su obra un sello muy personal.

Juan Pantoja de la Cruz se ocupó además de otros géneros, como el bodegón y quizás también el paisaje. De ninguno de ellos nos ha llegado más referencia que las documentales. Más importante sin duda fue su dedicación a la pintura religiosa, donde mantiene entre las fórmulas manieristas toscanas y algunos elementos novedosos que apuntan hacia las corrientes pictóricas del llamado naturalismo: un interés por la representación minuciosa de los objetos, la iluminación contrastada y la concepción monumental la figura humana.
Para todas las tareas se valió de un amplio taller de ayudantes que fueron más tarde el relevo generacional del pintor; sin dudalos más destacados fueron Bartolomé González (1564-1627) y Rodrigo de Villandrando (h. 1588-1622).

 
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