Joaquín Sorolla. Mercedes Mendeville, condesa de San Félix. 1906. Óleo sobre lienzo. 198 x 99 cm.

El retrato español en el Prado. Del Greco a Sorolla muestra la visión de un género que resulta clave para la adecuada comprensión de la pintura española. A través de 73 óleos, elegidos entre la amplísima colección de retratos que conserva el Prado, puede verse la calidad, la variedad y el interés extraordinarios que alcanzó este género en nuestro país desde sus inicios en el Renacimiento hasta el final del siglo XIX.

En España, el retrato como género autónomo nació en el entorno de la corte, donde sirvió para fijar la imagen del rey y su familia, trasmitiendo no sólo los rasgos físicos, sino un complejo concepto de Estado, de dinastía y de sociedad. Desde mediados del siglo XVI, los retratos de corte mostraban sin apenas variaciones el aspecto solemne, grave y distante de los Austrias españoles, sin que importara el sexo o la edad del individuo. El atrezzo que acompañaba estas imágenes (escenario, muebles, vestimenta, joyas y armas) completaban esa sugestión de poder hasta convertirse en fórmulas estereotipadas que pervivieron hasta bien entrado el siglo XVIII, aunque la llegada en 1700 de la dinastía Borbón a suelo español, introdujo nuevas maneras en la corte.

La muestra describe el desarrollo estilístico del género, las tipologías retratísticas, así como los diferentes significados sociales que ha tenido el retrato en España, un género al que se dedicaron los artistas más importantes de nuestra pintura: el Greco, Sánchez Coello, Velázquez, Carreño de Miranda, Murillo, Goya, Vicente López o Federico de Madrazo y Sorolla, pero en el que tienen cabida algunos de los mejores pintores europeos vinculados en algún momento con nuestro país, comenzando por Tiziano y Antonio Moro, los grandes conformadores del retrato de corte en España.

En el siglo XIX, la consolidación de la burguesía como cliente de creciente importancia produjo un aumento del número de retratos y favoreció la dedicación a ese tema de los principales pintores. En el primer tercio de siglo se muestra, junto al genio de Goya, la brillantez técnica de Vicente López y el rigor de la orientación neoclásica. El segundo tercio revela el esplendor del romanticismo en sus focos sevillano y madrileño, con figuras como Antonio María Esquivel y Federico de Madrazo. A lo largo de las últimas décadas del siglo el camino hacia el realismo y el naturalismo se advierte en las pinturas de Raimundo de Madrazo, Ignacio Pinazo y Joaquín Sorolla entre otros. Un hilo conductor muy claro deja ver la importancia que tiene, a lo largo de la centuria, la referencia a la tradición del Siglo de Oro, en particular a Velázquez, polo de atracción para la mayor parte de los artistas en especial desde la fundación del Prado en 1819.

Tiene especial interés la variedad de tipologías, algunas de las cuales muestran un progresivo declive con respecto a la etapa anterior, entre ellas el retrato real y el ecuestre, en tanto que otras se afirman con fuerza a lo largo del siglo, como el autorretrato, el retrato de grupo y de familia, y el retrato infantil. Todo ello muestra el valor del retrato como reflejo de las transformaciones de la sociedad en esa centuria. Además, la presencia del retrato fotográfico determina, en la segunda mitad del siglo, cambios notables en las convenciones de la representación.

 
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