Autorretrato, Francisco de Goya, Óleo sobre lienzo, 45,8 x 35,6 cm

En la evolución de Goya hasta su muerte en 1828, la introspección de sus retratos y la libertad y expresividad de su técnica suponen una modernidad que anticipa no sólo el romanticismo sino también el realismo. Algunos ecos de su pintura se advierten en los retratos de Agustín Esteve y de José Ribelles.

Formado en la tradición dieciochesca, Zacarías González Velázquez realizó obras de valía en una orientación clasicista interpretada de manera personal. Pero es Vicente López el gran retratista, Goya aparte, de la primera mitad del siglo. Dotado de una manera muy personal, de gran virtuosismo en la representación de los detalles, no dejó de evolucionar en un estilo brillante que llega, desde los ecos del barroco tardío de sus primeros retratos, hasta un tímido romanticismo en los últimos.

El estilo neoclásico internacional, caracterizado por el rigor del dibujo y la claridad de la composición, está representado por dos de los alumnos de Jacques-Louis David, José Aparicio y José de Madrazo, éste a través de un ejemplo tardío donde la frialdad del colorido se sustituye por tonos más cálidos, características que, unidas a un intenso sentido de lo real, pueden verse también en los retratos de Rafael Tegeo, que preludian el Romanticismo.

 
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