Felipe IV, Diego Velázquez, Óleo sobre lienzo, 57 x 44 cm

Como responsable de los retratos del rey, Velázquez asumió como propias las tradiciones heredadas, convertidas ya en símbolos vivos de continuidad dinástica. Pero además, el deslumbrante desarrollo pictórico del sevillano revitalizó la solvencia de esos modelos, pasando a ser el propio artista y su producción la referencia más persistente de las siguientes generaciones. Así se evidencia en los retratos de Juan Bautista del Mazo, Juan Carreño de Miranda o el italiano Lucas Jordán, quien recuperó para los retratos ecuestres de Carlos II y Mariana de Neoburgo, los de Felipe IV y Mariana de Austria pintados por Velázquez.

De Sevilla, la urbe más próspera y activa de la península, el espectador puede contemplar el retrato de Nicolás Omazur, un rico comerciante y coleccionista de arte que se asentó en la ciudad hispalense. La obra sirve bien para ilustrar la difusión del género a otros sectores de la sociedad, a pesar de ser considerado en la época un medio restringido, útil para perpetuar la memoria de los individuos de más alta condición o de probada ejemplaridad moral.

En esta sección se han incluido retratos de otros excelentes pintores del siglo XVII, como José Antolínez o Juan Carreño de Miranda, representantes del pleno Barroco y, por ello, autores de una pintura donde prima la viveza del color y el dinamismo de las composiciones.

 
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