Playa con pescadores, Adam Willaerts. Óleo sobre lienzo, 83 x 125 cm, Firmado y fechado en la parte inferior derecha sobre el trozo de madera junto a los pescados: «A. Willaertes Aº 1627»

El paisaje en que el agua y el cielo ocupan casi la totalidad de la superficie pictórica, con navíos o barcas de pescadores como elemento narrativo insustituible es, junto con el de invierno, el más característico de los Países Bajos. Es lógico, pues el agua –mar, canales, ríos– baña aquellas tierras, en especial las septentrionales donde gran parte del terreno había sido –y sigue siendo– ganado al mar por medio de diques, canales y bombas de drenaje accionadas por molinos de viento.

Al igual que el paisaje invernal, el punto de partida son las miniaturas para los libros de horas y, en concreto, las del llamado Horas de Turín-Milán atribuidas a Jan van Eyck (1370/1400 -1441), pero el interés en la representación naturalista del mar lo impondrán Pieter Brueghel el Viejo y sus seguidores, si bien como escenografía para determinados asuntos bíblicos o pasajes inspirados en las obras de Homero, Virgilio y Ovidio aptos para ser interpretados desde la ética cristiana.

Al comenzar el siglo XVII, el paisaje de agua –marinas (barcos en alta mar o en desembocaduras de ríos), vistas de puertos, playas o entornos fluviales– estaba generalizado en los Países Bajos y, a lo largo de ese siglo, los holandeses lo desarrollaron como género pictórico independiente, liberándolo de todo contenido religioso o alegórico.

 
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