Orden:

Cartas a Martín Zapater

 

La correspondencia conservada entre Goya y su amigo Martín Zapater está formada por ciento cuarenta y siete cartas, correspondientes al periodo de 1775 a 1799 (última carta fechada) que coincide con el traslado de residencia a Madrid, por parte del pintor y su esposa Josefa Bayeu, y el fallecimiento de su corresponsal, Martín Zapater, en 1803. Entre estos documentos conservados hay que distinguir las cartas íntegras y los fragmentos publicados por su sobrino Francisco Zapater y Gómez en 1868, cuyo conocimiento ha llegado hasta nosotros en forma de párrafos o frases no localizadas en los textos conservados y que debemos contabilizar como cartas desaparecidas hasta el momento. De este conjunto el lote de mayor entidad es el que posee el Museo del Prado con ciento dieciocho cartas, cuatro más se conservan en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid, estando las restantes dispersas entre colecciones públicas y privadas de Europa y América. A la muerte de Martín Zapater, las cartas pasaron a su sobrino Francisco Zapater y Gómez, que las mantuvo en su poder hasta la fecha de su muerte en 1897, pasando por subasta a la propiedad de Manuel Mesonero Romanos. Sin que sepamos la fecha exacta, pero sin duda, durante los primeros años del siglo xx, las cartas se disgregaron en dos grupos: las pertenecientes al marqués de Casa-Torres, Cesáreo Aragón y Barroeta, y las que poseía el librero Pedro Vindel, de las que cuarenta y cuatro fueron vendidas a hispanistas y anticuarios alemanes y las que en número de cuarenta formaron parte de la colección de Antonio Rodríguez Moñino y hoy también en el Museo del Prado. Por tanto, la diáspora del resto de las cartas se debió hacer a partir de estos dos grandes lotes hasta llegar a la situación actual.

Para comprender el sentido y tono de esta correspondencia es necesario conocer algunos datos de su receptor, Martín Zapater y Clavería; prototipo de burgués ilustrado, era amigo de Goya desde la juventud, sin que los especialistas se pongan de acuerdo sobre su tradicional conocimiento en las escuelas pías de Zaragoza. Zapater fue un terrateniente por herencia familiar y gracias a sus inversiones fue nombrado noble de Aragón por Carlos IV en 1789. Fomentó la industria local y ayudó a la creación y sostenimiento de la Real Sociedad Económica de Amigos del País en Aragón y de la ­Real Academia de Bellas Artes de San Luis de Zaragoza. Durante los años de esta correspondencia se constatan periodos vacíos que debemos atribuir a las estancias de Goya en Zaragoza y de Zapater en Madrid. Goya le retrató en dos ocasiones, en 1790 (colección particular) y en 1797 (Museo de Bellas Artes de Bilbao), afirmándose como su gran amigo.

El contenido de las cartas no desvela grandes novedades sobre la pintura o el arte de Goya, porque están inscritas en el ambiente cotidiano en el que se movían los dos amigos, destacando el comentario sobre sus aficiones compartidas, fundamentalmente la caza, en la que Goya se declaraba un experto (“19 tiros 18 piezas”), tema que ocupa muchas páginas de esta correspondencia, con ofrecimientos de perros y de escopetas. La música en sus dos vertientes, popular –en la que descubrimos un intercambio de letrillas de canciones como tiranas o seguidillas– y culta –en donde Goya expresa el deseo de que su amigo asista con él a la ópera–, es uno de los comentarios habituales entre ambos que, lógicamente, deja de tener importancia a partir de 1792, fecha en la que Goya pierde la audición. Destacan los intercambios de productos comestibles muy apreciados por ambos y su afición por el juego de la lotería, pero sobre todo abundan los comentarios sobre la ambición de poseer un dinero que le librase de las preocupaciones de tener que pintar por obligación y, tras ello, el rasgo de generosidad con el ofrecimiento a su amigo de que todo lo que posee le pertenece. Nos descubre, asimismo, algunos aspectos del carácter del pintor en lo referido a su gusto por el lujo relacionado con su posición en la corte, como son la adquisición de diversos medios de locomoción, como una silla volante o un birlocho, y la compra de prendas de vestir opulentas por encargo de su amigo y la utilización de un escribiente o secretario para su correspondencia. En este apartado son dignas de señalar las apreciaciones sobre el dinero, las inversiones en acciones y renta vitalicia que hizo el pintor y las bromas a su amigo sobre la posesión de “campicos”. No existen muchas noticias relativas al mundo de la política o de la corte, apenas unos comentarios sobre la paz de Versalles (1783) o sobre el apresamiento de navíos ingleses; el resto son anuncios del conocimiento y trato con las personas reales, pero siempre referidos a asuntos de su profesión de pintor. Las escasas referencias a su pintura incumben casi siempre al cuadro La predicación de san Bernardino de Siena para la iglesia de San Francisco el Grande de Madrid; algunos comentarios sobre las estampas grabadas de cuadros de Velázquez, sobre algunos bocetos de los cartones y los cuadros conservados en la iglesia de Santa Ana de Valladolid. En sus palabras sobre estas obras son habituales las quejas sobre la urgencia de su ejecución, la dificultad de la misma y el deseo de cumplir promesas con pinturas que no sabemos si llegó a realizar; no encontramos confesiones sobre la elaboración o concepción de las mismas. De todas formas, hay un concepto artístico repetido en algunas cartas como es el de la invención: “es muy odioso inventar para otro”; la importancia de la primera idea: “y tu te quedas con la primera [Virgen del Carmen] que será el primer parto”; y unida a esta idea de la invención, destacan sus comentarios sobre la libertad que debe acompañar al artista y al hombre. Sus confesiones más íntimas son las dedicadas a los partos y abortos de su esposa, de los que da puntual cuenta, y al deseo de que alguno de sus hijos nacidos llegue a adulto; apenas hay referencias al carácter de Josefa Bayeu, excepto una lapidaria frase en que afirma que “la casa es la sepultura de las mujeres”. El relato de sus enfermedades, graves o leves pero abundantes, es narrado sin dar importancia a su causa pero con gran temor a sus consecuencias. Otra peculiaridad de este tipo de comentarios estaría dedicada a las bromas puramente masculinas referidas al sexo, su comportamiento pícaro con las mujeres y el recuerdo de algunos sucesos de juventud.

Un aspecto que convendría destacar dentro de esta correspondencia son los dibujos insertos dentro de los párrafos que funcionan a la manera de jeroglíficos, y sirven a Goya para explicar su aspecto físico, la alusión a algún personaje conocido de ambos o la sencilla explicación gráfica de algún artefacto cuya comprensión con palabras sería más difícil. Una última aportación se puede extraer de las cartas de Goya y es el capítulo referente a su lingüística, su forma natural de expresarse nos informa de abundantes modismos aragoneses que nunca abandonó, así como expresiones hoy desaparecidas y de gran popularidad en el habla coloquial del siglo XVIII.

M. Águeda Villar, “Cartas de Goya a Martín Zapater”, en Enciclopedia del Museo del Prado, Madrid: Fundación Amigos del Museo del Prado y Tf Editores, 2006.

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