Estado de conservación

 

Figura 1. Detalle del rostro de Felipe III antes y después de la restauración

Figura 2. Detalle del cielo de la zona original y añadida durante el proceso de restauración

Figura 3a. Muestra zona original, donde puede verse una preparación de blanco de plomo, característica de Velázquez a partir de su primer viaje a Italia

Figura 3a. Muestra de la zona añadida realizada a base de óxido de hierro

En el marco del proceso de reinstalación de la colección permanente del Museo del Prado, y más concretamente de las obras de Velázquez, se decidió la restauración de Felipe III a caballo y Margarita de Austria a caballo, que realizó el artista, con ayuda de colaboradores, con destino al Salón de Reinos del palacio del Buen Retiro. Forman parte de una serie que incluye también los retratos ecuestres de Felipe IV, Isabel de Borbón y Baltasar Carlos. Esa intervención se hacía necesaria debido a que los valores originales de ambos cuadros se habían alterado profundamente, a causa principalmente de dos motivos:

  • La acumulación de suciedad y la alteración del barniz habían variado las relaciones cromáticas que se establecen en cada pintura, amortiguando los contrastes y creando un “velo” que creaba un efecto compositivo pernicioso, pues reducía los planos espaciales (Figura 1). En el caso de Felipe III, anulaba la potencia lumínica del cielo sobre el que se proyectan jinete y caballo.
  • En torno a 1770 se añadieron a ambos cuadros anchas bandas laterales a izquierda y derecha. Se hizo para adecuar sus tamaños a los de los cuadros compañeros, con vistas a su instalación en una sala del recién construido Palacio Real de Madrid. La incorporación de esas bandas afectó mucho la lectura formal de los cuadros, especialmente en el caso de Felipe III. Como ha quedado demostrado tras su restauración, Velázquez optó por una composición en escorzo, que se subrayaba debido al formato marcadamente vertical del cuadro, y que daba como resultado una imagen llena de vigor y dinamismo, a los que contribuía también el luminoso cielo. Con ello, quiso plantear una solución distinta de la que usó para Felipe IV a caballo. Las bandas laterales daban lugar a un formato menos vertical, atenuaban el efecto de escorzo, y la composición perdía fuerza y dinamismo (Figura 2). En el caso de Margarita de Austria, los añadidos también tenían consecuencias para la lectura del cuadro, aunque no tan acusadas. Por una parte, restaban protagonismo al prodigioso caballo; y, por otra, alteraban el paisaje, pues lo que en el original son montañas en la lejanía, con los añadidos se convirtieron en colinas de las que nacían vaguadas.
  • El hecho de que los añadidos del siglo XVIII fueron pintados sobre una imprimación distinta a la de los cuadros originales condicionaba la restauración, pues daba como resultado que el comportamiento de los colores en ambas zonas haya sido distinto a lo largo de estos dos siglos y medio (Figura_3 a y b. Muestra zona original, donde puede verse una preparación de blanco de plomo, característica de Velázquez a partir de su primer viaje a Italia; y la añadida realizada a base de óxido de hierro). Eso complicaba mucho la posibilidad de un resultado armónico, en el que no se hiciera demasiado evidente que se trataba de zonas realizadas en tiempos muy diferentes.
 
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