Las transformaciones que se han producido en las artes visuales tras la Revolución Francesa y a lo largo de dos siglos, nos han obligado a mirar retrospectivamente de un modo distinto los treinta mil años de imágenes que la humanidad tiene censadas. Durante ese inmenso transcurso las representaciones que nosotros llamamos “artísticas” han tenido muy diversas funciones, pero nunca fueron consideradas un equivalente de los juicios intelectuales puros, nunca fueron consideradas formas de conocimiento, para el cual sólo el lenguaje escrito o hablado era relevante. Para nosotros, en cambio, las obras de arte forman un cuerpo de juicios perfectamente equivalente a los de la filosofía, la ciencia o la religión.

Esta nueva manera de mirar ha convertido a las imágenes artísticas (incluido el cine, la fotografía y los nuevos soportes) en pensamientos visibles. Ya no son objetos decorativos, bellos, ornamentales, piadosos, suntuosos, pedagógicos, elegantes, propagandísticos o señoriales, sino, en verdad, juicios intelectuales sobre su tiempo y su espacio. En los casos supremos, sobre el destino de los humanos en general.

El nuevo modo de ver, inventado por el romanticismo europeo y asentado definitivamente en menos de cincuenta años, fue, a su vez, acompañado de un nuevo modo de representar cuyo resultado final han sido las vanguardias y posvanguardias hasta el día de hoy, pero cuyo origen se encuentra en la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas, cuando el régimen señorial y la protección divina del mundo se disuelven. Los románticos, desde comienzos del siglo XIX, se plantearon un modo nuevo de considerar las obras de arte (visibles) que las hermanaba con la poesía, la música y la filosofía. Aunque el proceso de transformación había comenzado mucho antes, en el siglo XVII, la eclosión romántica puso un fundamento sólido al nuevo modo de mirar los pensamientos, equivalente al nuevo modo de pensar las imágenes.

El recorrido analítico de todo el proceso, desde la constitución de las Academias, primer paso hacia la intelectualización de las artes, hasta las artes puramente teóricas del siglo XX es uno de los caminos más fructíferos para entender nuestra actual situación tantas veces considerada caótica. Es un caos, posiblemente, pero tiene sentido.

 
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