Exposición - Una obra, una historia
27.04.2026 - 13.09.2026
El retorno al Prado —aunque sea de modo temporal— de El año del hambre en Madrid nos ofrece la oportunidad de mirarla sin la comodidad de las ideas preconcebidas y las jerarquías artísticas asumidas. La obra de José Aparicio (1770-1838) se convirtió en una de las más célebres de la España de Fernando VII; de hecho, de ningún otro cuadro se escribió más en las décadas posteriores a la apertura del museo en 1819. Con la nacionalización del Prado fue perdiendo su prevalencia hasta quedar reducida a una posición incierta, casi marginal.
Fig. 1 José Aparicio, El año del hambre en Madrid, 1818. Óleo sobre lienzo, 315 × 437 cm. Madrid, Museo Nacional del Prado, en depósito en el Museo de Historia de Madrid, P-3924
Partiendo de su fortuna crítica, esta exposición invita a reflexionar sobre el modo en que las obras cambian cuando cambia la manera de juzgarlas. Se trata de una cuestión menos visible pero central: la musealización del gusto. Porque un museo no solo conserva; también construye un discurso. En él se decide qué obras siguen hablando al público y cuáles quedan en silencio, qué nombres se repiten y cuáles se apartan. No se trata únicamente de que el gusto varíe. Lo que aquí se advierte es que el destino de una pintura también puede depender de la clase de adhesión o incomodidad que genere en cada momento.
Fig. 2 Pietro Antonio Martini (grab.) y Johann Ramberg (inv.), Exposición de la Royal Academy, 1787. Aguafuerte, 427 × 586 mm. Madrid, Museo Nacional del Prado, G-6775
Auge
El cuadro nació ligado a una memoria reciente y dolorosa: la hambruna de Madrid en 1811-12, que quienes lo contemplaron habían sufrido en primera persona. Era una pintura de historia que también sirvió de artefacto político; la reconstrucción de su ubicación original en el Museo del Prado [fig. 3], convertida en uno de sus principales iconos —por encima de obras hoy indiscutibles como Las meninas—, desvela el peaje ideológico que impuso el absolutismo de Fernando VII en aquel espacio de su propiedad. La pintura de Aparicio servía para proyectar una imagen de fidelidad inquebrantable de los españoles hacia un rey erigido como el único garante del orden y la identidad nacionales. La extrema popularidad que alcanzó la obra terminó por volverse ambigua cuando otras sensibilidades comenzaron a aflorar y a desconfiar de una imagen demasiado elocuente, demasiado célebre, demasiado eficaz.
Fig. 3 Recreación del «salón tercero» del Museo del Prado en 1819
Caída
La caída en desgracia del también llamado «cuadro del hambre» fue política antes que artística [fig. 4], y coincidió con el extraordinario resurgir de Goya tras la Revolución liberal de 1868. Por ello, hay algo particularmente simbólico en su regreso temporal al Museo del Prado en nuestros días. Si Aparicio optó por una retórica académica y un heroísmo estático para ensalzar un régimen, Goya capturó la violencia descarnada y universal [fig. 5], y su visión terminaría por desplazar a la del primero, que quedó relegado a la penumbra del canon. Esta genealogía política encabezada por Goya tendrá su continuidad, también en el Prado, en la obra de Antonio Gisbert, el Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga [fig. 6], y culminará un siglo más tarde en el Guernica, de Pablo Picasso.
Fig. 4 Eduardo Sojo, Demócrito, «El hambre de ahora», El Buñuelo, 15 de julio de 1880. Madrid, Biblioteca Nacional de España
Fig. 5 Francisco de Goya, El 3 de mayo en Madrid, 1814. Óleo sobre lienzo, 268 × 347 cm. Madrid, Museo Nacional del Prado, P-749
Fig. 6 Antonio Gisbert, Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, 1888. Óleo sobre lienzo, 392,5 × 602,5 cm. Madrid, Museo Nacional del Prado, P-4348
Colgar El año del hambre de Madrid en el museo no significa simplemente restituirlo a la vista en el que fue su lugar primero: significa devolverlo al terreno de las interpretaciones. Regresa al Prado no como una pieza pacificada —o no solo—, sino con todo lo que arrastra consigo: el recuerdo de una catástrofe, la ambición política con la que fue concebido, los malentendidos en su recepción y la erosión de su prestigio. En esta ocasión, además, esta revisión crítica ha estado acompañada de una ambiciosa restauración del cuadro que ha mejorado su estabilidad y su legibilidad.
La presencia en el Prado de El año del hambre en Madrid propone no tanto resolver una cuestión pendiente como reabrir una pregunta. Hay obras cuyo sentido parece afianzarse con el tiempo; otras, por el contrario, se van cargando de una inquietud que ni la historia ni el museo alcanzan a disipar. Esta es una de ellas.
Dirección Carlos Chaguaceda (Museo del Prado)
7 de mayo de 2026 a las 18:30 h
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