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Itinerario

Reencuentros. Parada I. Por la puerta grande

Martes de julio y agosto

Para celebrar la reapertura, el Museo del Prado se ha puesto sus mejores galas. Una nueva exposición que reúne algunas de las obras más emblemáticas de la colección y un nuevo montaje que, esperamos, os guste y os sorprenda. ¿Habéis tratado de imaginar alguna vez cómo sería vuestro Prado ideal?

¿Quizás Los Saturnos de Goya y Rubens dialogando entre sí? ¿El descendimiento de Van der Weyden y La Anunciación de Fra Angélico mirándose frente a frente? ¿Carlos V y el Furor desprovisto de armadura? ¿Las Meninas y Las Hilanderas juntas? 

A través de esta nueva propuesta todos los martes de julio y agosto podremos no sólo reencontrarnos con obras, personajes o historias que echábamos de menos, sino establecer nuevas conexiones, diálogos y narrativas entre ellas.

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Actividad

Un recibimiento único

Un recibimiento único
Carlos V y el Furor. Pompeo y Leone Leoni, 1551-55

En 1549 el emperador encargó a Leone Leoni un conjunto de ocho esculturas entre las cuales se encontraba Carlos V y el Furor, una de las peticiones más importantes de su vida, que exigía estar a la altura del trabajo y del cliente. ¿Cómo conseguirlo?

En primer lugar, solicitó añadir la figura del Furor, símbolo de las victorias del emperador sobre sus enemigos. Poco después realizaba otra innovadora y ambiciosa variación, una armadura articulable que pudiera quitarse y ponerse, creando dos esculturas en una y combinando así el retrato armado del arte clásico con el desnudo, reservado para la representación de dioses, héroes y emperadores. 

¿De verdad era Carlos V así? Se trata de una imagen absolutamente idealizada. Las crónicas de su médico personal, Andrés Vesalio, describen que el emperador sufría ya dolores de gota y diversos problemas físicos, y si nos remitimos a los retratos que Tiziano pintó del monarca proporciones y facciones están alteradas. El cuerpo se transforma en elemento simbólico, a la vez que plástico y compositivo. La imagen de Carlos V se basa en la vertical, transmite equilibrio, serenidad y control. El personaje del Furor, sin embargo, se retuerce sobre sí mismo, como una especie de nuevo Laocoonte, y su cuerpo contorsionado transmite tensión. Carlos V es el eje central, el enemigo encadenado a sus pies gira en torno a él y nos va elevando visualmente hacia el rostro del gobernante divinizado. Uno no puede contemplar esta escultura desde un único punto de vista, nos pide rodearla.

Desnudez y vestimenta. Poder y victoria frente a derrota. Serenidad frente a sufrimiento. Lo opuesto se equilibra para crear una nueva imagen única que el emperador nunca pudo contemplar, pues no se finalizó hasta el año 1564, ya en Madrid. Muchas son las aventuras y peripecias que la rodean, como por ejemplo que entre 1812 y 1825 formó parte de la fuente central de plaza de Santa Ana, hasta que fue llevada a la Academia de San Fernando para protegerla, el artículo que le dedicó Ramón Gómez de la Serna en 1921 bajo el título Yo desnudé a Carlos V o las cartas y monedas que varios trabajadores escondieron en el pie de la escultura en 1923 y que fueron descubiertas en 2008.

 

Escenografía y poder

Escenografía y poder
Carlos V en la batalla de Mühlberg, Tiziano Vecellio, 1548.

Poco antes del encargo de la escultura de Carlos V y el Furor a Leone Leoni, María de Hungría solicitaba a Tiziano Vecellio un espléndido retrato ecuestre de su hermano que celebrara la victoria sobre Liga de Esmalcalda en la batalla de Mühlberg. La pintura se convertiría en la imagen simbólica por excelencia de este personaje histórico, una mezcla entre la iconografía del caballero cristiano y los grandiosos y justos emperadores romanos.

Estoico, contenido, impertérrito, con aire calmado, nada inmuta a Carlos, mientras que toda la tensión se concentra en el animal, encabritado y tenso. ¿Parece haber participado en una batalla? Nada en la escenografía alude al encuentro militar y las únicas referencias a lo bélico se concentran en la armadura, la lanza o la pistola de arzón. Nuevamente se le representa como pacificador, hombre que gobierna con puño de hierro frente a los enemigos, pero benevolente con los afines.

Aunque se destaque la parte histórica, la obra es puro juego de pincelada, color y expresividad. Jugar a contemplar detalles aislados como la textura y brillos de la montura, los reflejos en la armadura, el movimiento de los pompones que adornan al caballo o los juegos de luces en el cielo nos lleva a entender el reconocimiento y admiración que Tiziano alcanzó en vida y la absoluta predilección que el emperador sentía por su arte.

Una obra de estas dimensiones necesitaba un lugar especial en el que ser mostrada: el Palacio de Binche, centro estratégico del poder de los Habsburgo. En el castillo desde el cual gobernaba María de Hungría, la obra -junto con las imágenes de los Titanes castigados por Zeus- recordaba a los súbditos la contundencia e inmisericordia con la que Carlos V castigaba la traición. Tras la muerte de la gobernadora de Países Bajos, algunas de las obras de ese complejo programa artístico viajarían hasta España. El rey Felipe II, que las contempló de joven durante el felicísimo viaje, se reencontraría con ellas en plena corte de Madrid, ya como rey.

 

Lucha de Titanes

Lucha de Titanes
Ticio, Tiziano Vecellio, 1565

Dos de esas obras son las imágenes que Tiziano creó en torno al tema de Las Furias o los Titanes condenados por Zeus (Ticio, Ixión, Tántalo y Sísifo), que alcanzó gran popularidad en la Edad Moderna. La Titanomaquia se convertía en un pretexto para hablar de la situación política y las relaciones entre vencedores y vencidos; la mitología nuevamente aparecía teñida de elementos contemporáneos, convirtiéndose en propaganda al servicio del poder, pues era una advertencia para quienes osaran desafiar al emperador. Si bien no podemos recuperar el ciclo pictórico tal y como se expuso en la Gran Sala del Palacio de Binche, sí podemos acercarnos a aquel conjunto de la mano de las obras de Tiziano, quien conocía en profundidad las fuentes clásicas.

En las Metamorfosis de Ovidio y la Eneida de Virgilio se narra el sufrimiento eterno al que fueron sometidos algunos de los Titanes que osaron enfrentarse a Zeus. Uno de ellos fue Sísifo, fundador y rey de Corinto, obligado a cargar con una roca por delatar los amores de Zeus con Egina. En las fuentes también se alude a la historia de Ticio, condenado por haber intentado violar a la diosa Leto a que su hígado, que se regeneraba una y otra vez, fuese eternamente devorado por dos buitres o dos águilas.

¿Qué nos inspira su contemplación? ¿Cómo nos hacen sentir estas obras, qué sensaciones o mensajes nos transmiten? Fuegos, serpientes, cuerpos contorsionados, tensión, dramatismo, contrastes cromáticos y de luces y sombras, son algunos de los elementos empleados con el fin de crear una escena envolvente y aterradora que dejara claro no solo el mensaje de los dioses, sino el porqué de su castigo ejemplar. ¿Y si las imagináramos de menor dimensión, o las viéramos a la altura de nuestros ojos? Las obras, de formato grande y notable dimensión, fueron concebidas para contemplarse en alto. Abrumaban al espectador por su tamaño, por lo monumental de sus anatomías y expresivo de sus gestos y por esa contemplación desde abajo que rompía la visión frontal y hacía sentirse al espectador pequeño e insignificante. 

 

Un ciclo inspirador

Un ciclo inspirador
Ticio, José de Ribera, 1632

Las Furias permanecieron en Binche hasta la destrucción del palacio en 1554. Cuatro años más tarde, María de Hungría las legaba a su sobrino Felipe II, que las destinó al Alcázar de Madrid, donde permanecieron hasta el incendio de 1734.

Ribera conoció probablemente a través de estampas las Furias de Tiziano, que le sirvieron como punto de partida para desarrollar su propia visión de la narración mitológica ya desde una perspectiva barroca, incidiendo en el poder divino como fuerza implacable y el castigo que este ejerce sobre aquellos que ponen en duda o atentan contra su supremacía.

Ticio, hijo de Zeus y Elara, aparece encadenado a la roca en el Tártaro mientras un águila devora eternamente sus entrañas. El gigante fue castigado por intentar seducir, instigado por Hera, a una de las amantes de su padre. Ixión, progenitor de la raza de los centauros, intentó suplantar al dios del Olimpo en el lecho de su esposa Hera, por lo que fue castigado a girar eternamente atado a una rueda para expiar sus desmanes.

 Las dimensiones y combinación de los temas hacen creer en que ambas nacieran de un encargo real, formando probablemente parte de una serie de cuatro piezas. De nuevo la mitología continuaba siendo vigente y sus enseñanzas se extrapolaban a otro tiempo. La fuerza visual, la expresividad y la creatividad compositiva, así como su tamaño, sobrecogían y sacudían a quienes las contemplaban, provocando una reacción física que dejaba atrás la interpretación intelectual del tema, ayudando al espectador a meterse en la pintura, a sentir el dolor del personaje. ¿No es esa, acaso, una de las finalidades de la pintura?

 

 
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