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Itinerario

Reencuentros. Parada II. Entre el cielo y la tierra

Para celebrar la reapertura, el Museo del Prado se ha puesto sus mejores galas. Una nueva exposición que reúne algunas de las obras más emblemáticas de la colección y un nuevo montaje que, esperamos, os guste y os sorprenda. ¿Habéis tratado de imaginar alguna vez cómo sería vuestro Prado ideal?

¿Quizás Los Saturnos de Goya y Rubens dialogando entre sí? ¿El descendimiento de Van der Weyden y La Anunciación de Fra Angélico mirándose frente a frente? ¿Carlos V y el Furor desprovisto de armadura? ¿Las Meninas y Las Hilanderas juntas? 

A través de esta nueva propuesta podremos no sólo reencontrarnos con obras, personajes o historias que echábamos de menos, sino establecer nuevas conexiones, diálogos y narrativas entre ellas.

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De Paraísos y Gloria

De Paraísos y Gloria
La Anunciación, Fra Angelico, 1426

Reunidas por primera vez, las obras de La Anunciación de Fra Angélico y El Descendimiento de Van de Weyden, se miran frente a frente y nos hacen sentir por unos instantes entre el cielo y la tierra. Dos escenas religiosas pintadas desde dos miradas distintas. La obra del maestro italiano, pintada al temple, nos permite contemplar una sacra conversazione como si de una ventana se tratara, mostrándonos el momento exacto de la Anunciación de Gabriel a María. Pero lo hace desde una perspectiva nueva, propia de la Italia del Renacimiento. Un nuevo mundo aparece representado en la ciudad, con guiños a una arquitectura real, la fachada del Hospital de los Inocentes de Brunelleschi. Un mundo donde la razón y el equilibrio priman sobre la Naturaleza -más objeto de estudio que espacio para los sentidos- donde fe y humanismo conviven y donde todo cobra una dimensión humana.

Fra Angelico, pintó la Anunciación para el convento de Santo Domingo de Fiésole, en el que residía como monje dominico. Además de las tareas propias de un religioso, se dedicaba también a la pintura y la iluminación de textos, lo que le hacía estar al tanto del trabajo de otros grandes maestros e interesarse por los nuevos descubrimientos de su tiempo. Siglos después la obra seguía fascinando a alguno de sus poseedores como el Duque de Lerma, quien la adquirió para su capilla en Valladolid, pero parece terminó legándola a una sobrina que era religiosa en el convento de las Descalzas Reales en Madrid. Allí la encontró en 1861 Federico de Madrazo quien consiguió que las religiosas la regalaran al esposo de Isabel II, quien la donó al Museo del Prado.

Gracias a la reciente restauración acometida para la gran retrospectiva del artista celebrada en el Prado en 2019, podemos disfrutarla en su máximo esplendor. Las flores y frutos del Paraíso, los relieves de la arquitectura, las azules bóvedas a modo casi de cielo estrellado, la elegancia de las manos de Gabriel y María, la decoración de los nimbos dorados, la maestría en el uso de la perspectiva, aún tímida, pero capaz de hacer magia y llevarnos a un espacio tridimensional a través de diagonales y punto de fuga, sobre una superficie en realidad bidimensional, la luz que se va alternando con las sombras a medida que avanzamos desde el primer plano hacia el arcón o la ventana de la habitación de María. Un universo de detalles que nos hacen sentir entre el cielo y la tierra. ¿Cuál escogerías?

Contemplarnos en silencio

Contemplarnos en silencio
El Descendimiento, Rogier Van der Weyden, anterior a 1443

El Descendimiento de Van der Weyden es otra de las obras que nos invita a la contemplación silenciosa y tranquila, a recuperar esos espacios y actividades que durante estos meses hemos visto alterados. 

El gremio de ballesteros de la ciudad de Lovaina encargó esta obra para decorar el retablo mayor del altar de la capilla que poseían en la iglesia de Nuestra Señora Extramuros y agasajar así a Dios y a la comunidad. Admirada por la pintura, María de Hungría la adquirió en el S.XVI para llevarla consigo al Palacio de Binche, donde pudo admirarla Felipe II en su visita en 1549. Enamorado de la pieza la adquirió como rey a la muerte de su tía María para el Palacio del Escorial.

Nos encontremos por vez primera o reencontremos con esta obra, una de las primeras cosas que nos atrapan es su intenso colorido, conseguido gracias al perfeccionamiento de la técnica del óleo en aquellos años por parte de Jan van Eyck. Nuevas posibilidades en la paleta tonal, en la riqueza de luces y sombras, en la capacidad para recrear texturas y materias (todo es óleo, pero distinguimos la madera humilde de la escalera, la suavidad de un cuello de visón o las puntadas de los brocados de la capa de José de Arimatea, sosteniendo a Cristo por las piernas, los algodones y linos que cubren las cabezas de las santas mujeres). El color no es sólo elemento terrenal, sino también simbólico. El manto azul de la virgen la representa como intercesora entre el cielo y la tierra, el rojo que viste a San Juan, a su derecha, recuerda la sangre derramada por Cristo; el dorado, que todo lo baña, alude a la omnipresencia de Dios y dota, a la vez, de cierta planitud a la obra. Como si de un telón se tratara, no hay fondo de paisaje, ciudades, perspectiva. Las figuras parecen esculturas acopladas en el interior de una hornacina, sus formas, los pliegues y la forma en la que caen las telas de sus vestidos. La estética tardomedieval influye también en la presencias de símbolos. ¿Contempláis alguno?

La pintura como caja de secretos

La pintura como caja de secretos
El Descendimiento, Rogier Van der Weyden, anterior a 1443. Detalle

Recorriendo la pintura, observamos decenas de elementos que el pintor fue introduciendo para abrir nuevas narrativas dentro del tema general. En las tracerías de las esquinas, cuelgan dos diminutas ballestas, el símbolo del gremio que encargó esta obra.

A los pies de San Juan -vestido de rojo, a la izquierda de la virgen-aparece una calavera y un poco más lejos, un fémur. La historia cuenta que Cristo fue enterrado en el mismo lugar que Adán, cerrándose así un ciclo que en el que el Bien, representado por Cristo y su sacrificio, vence al Mal, ligado al pecado original.

El tipo de bote que porta el hombre vestido de verde a la derecha, se empleaba para guardar un ungüento fabricado con aloe vera y mirra y que servía para perfumar el cuerpo de los difuntos antes de velarlos. Pero se sabe que también se utilizaban por las prostitutas para guardar joyas y maquillajes y sólo una mujer, separada de todas las demás, lo roza. Es el único personaje al que Cristo toca, el dedo gordo de su pie izquierdo roza la pierna de ella, algo que no sucede ni siquiera con la virgen María. Las manos de Cristo y su madre casi se rozan, pero no se tocan, hay una conexión superior entre ambos que no necesita de ese contacto; de hecho María se desvanece, una especie de muerte momentánea, cuando descienden el cadáver de su hijo y su cuerpo adopta casi la misma postura que el de Cristo.Pues bien, nuestra dama del bote llora mientras contempla un anillo en su dedo. En su cinturón, escritos los nombres Cristus María. Sus cabellos pelirrojos nos dan la clave, se trata de María Magdalena.

Mención especial merece también el único guiño al paisaje de todo el cuadro, la vegetación de la zona inferior. Junto a los pies de San Juan aparece, por ejemplo, la milenrama, planta utilizada para curar heridas y escogida por el artista para una escena de la Pasión.

¿Qué símbolos encontraremos si regresamos a La Anunciación de Fra Angélico o contemplamos la versión de Robert Campin? ¿Empleó quizás Juan de Flandes en su Crucifixión de la sala 25 algunos de los utilizados por Van der Weyden?

La belleza como reducto

La belleza como reducto
Cristo muerto sostenido por un ángel, Antonello de Messina, 1475-76

Van der Weyden pintó en su Descendimiento un Cristo divino y humano. La piel mudando su color a medida que la sangre abandonaba su cuerpo, los labios congelados, el cuerpo inerte modelado magníficamente por el pincel. El detallismo y la entrega fue tal que, por ejemplo, el óleo empleado para representar la sangre que brota de la herida del costado, es más denso y se diluye a medida que la sangre se desliza hacia el muslo. Y nuevamente, como si de una herida real se tratase, se pasa de un rojo intenso a un color ferroso, el artista trata de representar cómo la sangre se oxida. El tema tratado tiene que ver con el dolor, el sufrimiento, pero su belleza y detalle nos transporta a otro lugar.

Antonello de Messina fue un pintor italiano enamorado de la pintura flamenca. Parece ser que viajó a territorios del norte de Europa, si bien en Nápoles pudo conocer y estudiar obra de maestros flamencos como Van der Weyden o Jan van Eyck. Su obra es una simbiosis de las dos escuelas, con guiños también a maestros italianos como Giovanni Bellini.

Su Cristo muerto es uno de los más hermosos jamás pintados. Al igual que sucede en su Virgen de la Anunciación, parece romper con la idea de un canon o modelo idealizado y recurrir a un modelo real para representar al protagonista, lo cual dota a la figura de un nuevo realismo. El estudio de la anatomía es magnífico: La flexión de la muñeca derecha y el escorzo de la mano, la curvatura del cuerpo , sostenido por el ángel en su último aliento, los pliegues del vientre o el detalle del vello que asoma sobre el paño que púdicamente, cubre a Cristo, el cuello inclinado hacia detrás, la textura de la barba que rodea los labios entreabiertos. Al fondo, un maravilloso paisaje salpicado de árboles cuyas copas y tonos verdes recuerdan a Patinir, salvo por el perfil de la ciudad, con torres y arquitecturas propias de Italia. Y también los símbolos, calaveras y huesos mezclados en la tierra a modo de osario, con una interpretación curiosa de los recursos empleados por otros maestros.

Trascender a la muerte

Trascender a la muerte
El Tránsito de la Virgen, Andrea Mantegna, hacia 1642

Otro de esos artistas que nos hacen trascender a través de la belleza y celebrar el Arte, es Mantegna, un pintor que supo no ya seguir las innovaciones que se iban produciendo en el Renacimiento italiano, sino hacer sus propias aportaciones creativas. En su obra Lamentación sobre el Cristo muerto, realizó uno de los más magníficos juegos de perspectiva y escorzo de todo el Renacimiento.Para su obra El Tránsito de la Virgen escogió, sin embargo, otras fórmulas que partían de modelos como el ejecutado por Andrea del Castagno para la catedral de San Marcos en Venecia o la pequeña pintura del banco o predela de la Anunciación de Fra Angélico. 

En la escena, los apóstoles celebran las exequias de la Virgen, colocándose en la escenografía magníficamente delineada por Mantegna. El suelo ajedrezado y las líneas de las pilastras y capiteles nos van llevando hacia la vista de la ciudad de Mantua. Pero más allá del espacio llama la atención el catálogo de gestos y actitudes de los personajes, cada uno con una vestimenta, desarrollando una actividad distinta. Unos sostienen cirios mientras cantan, otros portan palmas, San Pedro -el más anciano- lee mientras contempla el cuerpo de la Virgen. El rostro de uno de los apóstoles queda detrás del candelabro, tal es la intención de verismo que guía a Mantegna, quien incluso complica la imagen elevando la sábana del catafalco y deja a la vista pies de los personajes.

Otra interesante figura, es la del apóstol que aparece de espaldas, el cuerpo apoyado en una diagonal que guía nuestra mirada hacia el fondo, moviendo un incensario sobre el cuerpo de la difunta. Las cadenas del objeto, dibujadas como líneas curvas, transmiten el ir y venir, el movimiento, algo difícil de captar en una representación estática. Detalles que crean una obra maestra.

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