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Itinerario

Reencuentros. Parada III. Con los cinco sentidos

Para celebrar la reapertura, el Museo del Prado se ha puesto sus mejores galas. Una nueva exposición que reúne algunas de las obras más emblemáticas de la colección y un nuevo montaje que, esperamos, os guste y os sorprenda. ¿Habéis tratado de imaginar alguna vez cómo sería vuestro Prado ideal?

¿Quizás Los Saturnos de Goya y Rubens dialogando entre sí? ¿El descendimiento de Van der Weyden y La Anunciación de Fra Angélico mirándose frente a frente? ¿Carlos V y el Furor desprovisto de armadura? ¿Las Meninas y Las Hilanderas juntas? 

A través de esta nueva propuesta podremos no sólo reencontrarnos con obras, personajes o historias que echábamos de menos, sino establecer nuevas conexiones, diálogos y narrativas entre ellas.

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Actividad

La vista

La vista
La mesa de los siete pecados capitales, El Bosco, 1505-1510

Decía Antonio Machado que “El ojo que ves, no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve”. Pues bien, ¿ qué  ve el inmenso ojo que El Bosco pintó en La mesa de los siete pecados capitales?

En el iris, una imagen de Cristo como Varón de dolores, vigila a los seres humanos. Bajo él, un aviso: Cuidado, cuidado, Dios está mirando. Su sacrificio para salvar a la humanidad del pecado original parece haber sido en vano, pues alrededor de él, girando como una suerte de rueda de la fortuna, hombres y mujeres siguen entregándose al pecado. En el anillo exterior, diversas situaciones cotidianas y personajes comunes, recrean los siete pecados capitales y transmiten una enseñanza moral. 

Una riña provocada por la embriaguez en el exterior de una taberna representa La Ira. La Soberbia es una mujer preocupada sólo por su aspecto externo. La Lujuria muestra a dos parejas que beben, danzan y prueban los pecados de la carne. La Pereza la personifica un hombre adormilado que se ha quedado olvidado de la oración hasta que una religiosa viene a alertarle de su falta. Una familia que come y bebe con avidez representa La Gula. La Avaricia presenta a un magistrado aceptando un soborno antes de dictar sentencia, mientras la Envidia la encarna un caballero que, rechazado por una joven dama por su baja condición social, contempla como ésta habla con un hombre rico. En las esquinas de la Mesa, otros cuatro círculos más pequeños representan las Postrimerías. La Muerte, que a todos nos iguala, es el último momento para limpiar el alma antes de someterse al juicio de Dios (representado aquí como Juicio Final). En función de dicho juicio, el alma del difunto irá al Infierno o a la Gloria. 

Como una cartilla del buen comportamiento, esta pintura-mueble recordaba a quienes la contemplaban cuáles eran los caminos por los que el buen cristiano no debía transitar. Toda una cosmografía del pensamiento de la época que se ha convertido en la actualidad en un elemento de goce para los sentidos.

El tacto

El tacto
Venus y Adonis, Paolo Veronés, 1580

Aunque la pintura es un arte eminentemente visual, está abierta a otros sentidos como el tacto. Texturas y relieves de la propia materia pictórica, captación de las cualidades de los objetos por parte de los artistas, manos que tocan, brazos que rodean, gestos de los personajes. También necesitamos del tacto en nuestro reencuentro con el Museo del Prado.

En la sala 26, la obra de Venus y Adonis de Veronés nos recuerda su importancia. La caricia de Venus a Adonis, removiendo dulcemente los cabellos de su amor dormido ,el abrazo de Cupido a uno de los perros del joven cazador, las copas de los árboles, el cielo de nubes algodonosas, la suavidad y frialdad de la tela azul que cubre a Venus frente a la tela cálida y casi crujiente de la vestimenta de Adonis. Veronés fue uno de los grandes maestros de la escuela veneciana que, siguiendo los pasos de Tiziano, apostó por una pintura expresiva basada en el color, la pincelada y la textura en detrimento de la línea y el dibujo. La sensibilidad y sensualidad del tema escogido ayudan al pintor en su recreación sensorial.

El mito cuenta que Venus, herida accidentalmente por una flecha de Cupido, se enamoró del joven y bello cazador y bajó del cielo para poder compartir con él su vida. La diosa tenía tanto miedo de que algo le pasara en alguna de sus aventuras, que constantemente le prevenía de los peligros de la caza. Un día, pese a los avisos de Venus, el joven decidió partir con sus perros a seguir el rastro de un jabalí y tras errar el tiro, fue abatido y muerto por el animal. Venus roció todo su cuerpo con néctar y cada gota de su sangre se convirtió en una flor roja, la anémona. Distintos momentos de esta historia fueron representados por otros artistas como Annibale Carracci o Tiziano, centrados en el instante exacto en el que Venus trata de persuadir a Adonis de que marche en busca del animal.

Para saber más

Hoy toca el Prado

El olfato

El olfato

Bodegón con alcachofas, flores y recipientes de vidrio, Juan van der Hamen, 1627

 

Varias superficies de piedra colocadas a distinta altura, crean diferentes planos espaciales. Sobre los distintos módulos, alcachofas, un plato con jugosas y brillantes cerezas, jarras y floreros con aromáticas flores. Hablar de bodegones -como éste de Van der Hamen - es aludir a uno de los géneros de la pintura en los que los sentidos están más implicados. Incluso cuando una obra no desprende aroma, podemos recrear las distintas fragancias y olores de los elementos dispuestos por el artista para deleite de nuestros sentidos. 

Las obras de este artista, de técnica minuciosa, eran consideradas oportunidades para deleitarse con objetos bellos y preciados. Ese virtuosismo nos permite distinguir las anémonas rojas, el alhelí amarillo, los ranúnculos amarillos de flor doble, los lirios, los tulipanes, el narciso de los poetas, la vinca mayor, la gayomba o las rosas antiguas; evocar su aroma, sus texturas, las estaciones a las que pertenecen y las sensaciones que en nosotros provocan, quizás incluso recuerdos asociados. ¿Os llega algún aroma? ¿Pinta el maestro sólo la forma, los colores, o está tratando de atrapar algo más? 

Existe la creencia de que el bodegón fue un descubrimiento de la pintura barroca, pero los romanos ya pintaban las entradas de sus casas con escenas en las que aparecían fruteros, jarrones, flores y viandas, para agasajar a los invitados. En pinturas de distintos siglos y etapas hay bodegones escondidos. Un plato de cerezas en el Nacimiento de la Virgen del maestro del Tríptico del Zarzoso, panes, naranjas y redomas con vino en La última cena de Juan de Juanes, fuentes y viandas que caen de la mesa en le tercera escena de La historia de Nastagio degli Onesti de Sandro Botticelli  o el despliegue botánico de las obras de Patinir  o piezas como La Fuente de la Gracia. El arte siempre tuvo interés en la representación de la Naturaleza muerta, pues era un recurso que permitía demostrar su maestría técnica y apelaba a los sentidos del espectador, traspasando así las barreras de lo visual. Se debía representar la realidad desde todas sus dimensiones.Pero las vanitas del arte barroco harían de los bodegones algo más, flores y frutos se convertían en símbolos y elemento de reflexión sobre la fugacidad de la vida.

El gusto

El gusto
Bodegón con flores, copa de plata dorada, almendras, frutos secos, dulces, panecillos, vino y jarra de peltre. Clara Peeters, 1611.

Un misterioso reflejo nos mira desde la copa dorada y desde la grisácea jarra de peltre colocada sobre la mesa, a nuestra derecha. En estos recipientes la artista Clara Peeters pintó su autorretrato, quizás como forma de afirmación – pues era una mujer en una profesión dominada por hombres-, como firma o para enfatizar la veracidad y el ilusionismo que era capaz de conseguir.

Ante nosotros, un improvisado banquete. Una copa de vidrio de tipología veneciana llena vino tinto importado, una fuente de porcelana repleta de pasas, higos y otros frutos secos quizás procedentes de España. También almendras y barritas de azúcar se mezclan con estos productos en el frutero de loza de Faenza, una cerámica muy apreciada símbolo de lujo, modernidad y buen gusto.

También frutos secos, los cuales sustituían a frutas como las manzanas, las peras o las cerezas como tentempiés de invierno, pues no era fácil encontrar fruta fresca en el norte de Europa y menos en esas fechas. Por su aroma, pero sobre todo sabor dulce y aporte calórico, eran muy apreciadas. Se consumían solas como aperitivo para vinos dulces o se utilizaban para hacer pasteles, púdines y dulces. En el plato de peltre vemos rosquillas, pretzels y barritas de azúcar, algunos derramados fuera del plato, otros mordisqueados, como si la pintora o alguien que pasara por allí no hubiera podido resistir la tentación. Se trata de pastas y dulces que no estaban al alcance de cualquiera, convirtiéndose pues en elementos ligados al estatus.

Más allá de la conexión con las vanitas, los bodegones de Clara Peeters son una invitación a visitar las costumbres culinarias y recetarios del Amberes del siglo XVII. Empanadas ricamente decoradas que invitaban a los comensales a comerse también la masa que conservaba caliente el relleno, aves de caza menor aliñadas con zumo de naranja para equilibrar los humores del cuerpo, aceitunas aliñadas con orégano; una ventana abierta al paladar. 

Para saber más

Mesa y mantel en el Museo del Prado

El sonido

El sonido
Ciego tocando la zanfonía, Georges de la Tour, hacia 1630

Un anciano ciego de rostro arrugado aparece de perfil tocando su zanfonía, el instrumento de cuerda con el que gana su sustento y que sujeta con fuerza y firmeza. Las manos anchas, avejentadas, algo rudas y ásperas; la vestimenta, humilde. Ensimismado en su quehacer, toca con absoluta entrega y rompe el silencio con su melodía. Una escena cotidiana, costumbrista, tratada con gran lirismo y delicadeza. Hay algo lírico, trascendente en esta pintura que va más allá del dibujo exquisito, el color, la composición. Los ciegos tocando la zanfonía fueron un tema frecuente en la pintura de La Tour, era habitual ver personas ciegas ganándose la vida tocando música y cantando en la Francia del S.XVII. ¿ Funcionan estas obras como testimonio de una cultura? ¿Se puede pintar la música?

La representación de instrumentos musicales, partituras y otras referencias al sentido del oído es amplia en las colecciones del Museo del Prado. Bandurrias, arpas, rabeles, órganos portátiles o laúdes son tocados por ángeles en la escena central del Retablo de la vida de la Virgen y San Francisco de Nicolás Francés. Trompas marinas, violas de arco, arpas góticas o salterios aparecen en La Fuente de la Gracia, del taller de van Eyck. Cornamusas y trompetas rectas se ocultan en el Tríptico de la Adoración de los Magos de El Bosco. Flautas dulces o espinetas aparecen en La Anunciación del Greco. Son sólo algunos ejemplos.

Pero además de instrumentos, destacadas intérpretes tocan para nosotros en piezas como la Santa Cecilia de Michel Coxcie o la de Nicolas Poussin, podemos conocer al mismísimo Farinelli o escuchar en directo a Juan Bautista Pujol. También asistir a conciertos en vivo como el que se da en La Bacanal de Poussin o en la Familia de Felipe V de Van Loo , acudir a un especial evento musical como es el Concierto de aves de Frans Snyders o descubrir extraños instrumentos como el tabor de viento representado en el Sacrificio a Baco de Massimo Stanzione. Y ¿por qué no? Incluso sumarnos al Baile a orillas del Manzanares con Goya.

¿Te queda algún sentido con el que reencontrarte a través del Arte?

 

Para saber más

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