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Itinerario

Reencuentros. Parada V. Una Corte a nuestro encuentro

Para celebrar la reapertura, el Museo del Prado se ha puesto sus mejores galas. Una nueva exposición que reúne algunas de las obras más emblemáticas de la colección y un nuevo montaje que, esperamos, os guste y os sorprenda. ¿Habéis tratado de imaginar alguna vez cómo sería vuestro Prado ideal?

¿Quizás Los Saturnos de Goya y Rubens dialogando entre sí? ¿El descendimiento de Van der Weyden y La Anunciación de Fra Angélico mirándose frente a frente? ¿Carlos V y el Furor desprovisto de armadura? ¿Las Meninas y Las Hilanderas juntas? 

A través de esta nueva propuesta podremos no sólo reencontrarnos con obras, personajes o historias que echábamos de menos, sino establecer nuevas conexiones, diálogos y narrativas entre ellas.

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De dioses y hombres

De dioses y hombres

Los borrachos o El triunfo de Baco, Diego Velázquez, 1628

 

Cuando en 1819 el Museo Real abrió sus puertas, el pueblo de Madrid pudo contemplar por primera vez algunas de las obras de las Colecciones Reales. Ante sus ojos, retratos, pinturas de historia u obras de mitología como El triunfo de Baco, que a partir de ese momento fue rebautizada como Los borrachos. ¿Qué se siente al ver una obra de arte por primera vez? Y al reencontrase con ella después de tanto tiempo, ¿la contemplamos de forma distinta, advertimos detalles en los que antes no reparamos, nos sugiere nuevas narrativas?

Como en otras obras de Velázquez el tema mitológico sirve como pretexto para hablar de aspectos importantes en la cultura de su tiempo. Para unos la obra encarna una alegoría política, ya que Baco fue considerado por autores del siglo XVII fundador de la monarquía española. Otras interpretaciones se centran en el papel del dios como protector de los poetas, por lo que la reunión de Baco con los humildes hombres y la coronación de uno de ellos con hojas de yedra aludirían en ese caso a la protección de la creación artística.

Sin embargo, es interesante observar la apariencia, actitudes y gestos de los personajes, naturales y cercanos, ataviados con ropas sencillas y desgastadas, los rostros avejentados y quemados por el sol, las manos ajadas y sucias… reunidos como si estuvieran en una taberna de la época más que ante un dios del Olimpo. Mientras España atravesaba una grave crisis económica y social, las artes brillaban como nunca en el conocido como Siglo de Oro. La bebida no era solo un elemento ligado a la inspiración, sino también a la evasión de una realidad tan áspera y dura como Velázquez la pinta, siguiendo el realismo de Caravaggio y Ribera. Decía una coplilla de aquel tiempo “Es Madrid ciudad bravía/ que entre antiguas y modernas/ tiene trescientas tabernas / y una sola librería”. Igual que en La fragua de Vulcano, dioses y hombres, riqueza y pobreza, cultura y miseria, lo perfecto y lo mundano se mezclan en las obras del artista como lo hacían en aquella España del siglo XVII.

 

El otro palacio

El otro palacio
El bufón el Primo, Diego Velázquez, 1644

Entre retratos ecuestres de reyes y reinas, dioses del Olimpo, filósofos y pensadores, otra de las sorpresas que nos reciben en este especial reencuentro es un retablo integrado por los bufones de Velázquez que nos transporta a la corte de Felipe IV, a ese otro palacio que no siempre salía en las pinturas de los artistas, cronistas de su tiempo.

La palabra bufón deriva del término italiano buffo y aludía a aquellas personas que trabajaban en distintas cortes europeas entreteniendo y haciendo reír con su ingenio, sus ocurrencias y también con sus gracias o sus desgracias. En contra de lo que mucha gente piensa, lo cierto es que muchos y muchas de estas figuras de la corte llegaron a ocupar un privilegiado lugar junto a reyes y poderosos, teniendo incluso el poder de decir a los gobernantes lo que a nadie le estaba permitido y obteniendo pagos, regalos e incluso ricos objetos a modo de herencia.

Francisco Lezcano, más conocido como El Niño de Vallecas, trabajó al servicio del príncipe Baltasar Carlos entre 1645 y 1648. Juan Calabazas sirvió primero como bufón del cardenal infante don Fernando de Austria y en 1632 pasó al servicio del rey. El caballero tradicionalmente identificado con don Sebastián de Morra y hoy conocido como El Primo acompañó a Felipe IV en su viaje a Aragón. Pablo de Valladolid, en el centro de este nuevo y sorprendente retablo que nos presenta el Museo, se dedicaba a la declamación e interpretación teatral para entretener a la familia real. De otros, poco o nada sabemos sobre su identidad, vida y actividad en Palacio; tal es el caso del hombre que aparece representado en Bufón con libros.

Son retratos sobrios, sin elementos decorativos ni escenográficos, de una gran restricción de elementos pictóricos tanto en el espacio como en la paleta cromática. La atención del espectador es atrapada por los personajes, quienes parecen exigir una mirada directa y sin artificio, mostrándose tal cual son desde la más absoluta dignidad y firmeza.

 

Un particular álbum de fotos

Un particular álbum de fotos
Felipe IV a caballo, Diego Velázquez, hacia 1635.

Hasta la invención de la fotografía en el siglo XIX, la pintura era la herramienta para realizar un registro visual de los grandes acontecimientos, también de la imagen de las personas y su evolución y cambio. Muchos de los retratos que hoy contemplamos bajo el matiz de imagen histórica cumplían a su vez una doble función, pues eran recuerdos para la propia familia real. Cuando Felipe IV encargó a Velázquez los retratos ecuestres de Felipe III, Margarita de Austria y Baltasar Carlos o el retrato de su primera esposa Isabel de Borbón y el suyo propio, tenía un proyecto muy claro.

Ubicadas en el Salón de Reinos, sala principal del Palacio del Buen Retiro, estas obras transmitían a los visitantes una imagen oficial , controlada y concreta de la monarquía española y sus valores, aludiendo al divino origen de su árbol genealógico y legitimando a cada nuevo gobernante de los Austrias en el trono. Se trataba de imágenes oficiales, retratos de Estado, pero también, a ojos del rey, se transformaban en recuerdos de sus antepasados, pinturas en las que poder contemplar y recordar a sus padres, abuelos, hijas e hijos ya fallecidos o ausentes.

¿Qué relación solemos establecer con la pintura a medida que pasan los siglos? ¿Modificamos su esencia o significados originales? ¿Existen conexiones entre el uso de la imagen en el pasado y la actualidad?

 

¿Te acuerdas?

¿Te acuerdas?

Las hilanderas o la fábula de Aracne, Diego Velázquez, 1655-60

 

Desde al menos 1929, Las hilanderas y Las meninas no se exponían juntas en una misma sala. Parece que dialoguen entre sí como viejas amigas. ¿Qué se estarán contando? ¿Mirarán nuestras caras ensimismadas mientras las contemplamos, observarán cómo nos movemos por la nueva exposición, analizando en qué obras nos detenemos o qué murmuramos sobre las pinturas? Si los cuadros hablaran…

Y hablan.

Las hilanderas no es solo un prodigioso cuadro, sino una obra de compleja construcción que nos permite viajar en el tiempo y adentrarnos en una escena cotidiana del taller de tapicería de Santa Isabel, en el Madrid del siglo XVII. Varias mujeres trabajan la lana que más tarde servirá para crear los tapices que decorarán distintas estancias reales, totalmente ajenas a nuestra presencia. Como si de una obra teatral se tratara, la joven de la izquierda descorre el telón, mientras charla con la mujer que mueve la rueca, en un ejercicio magistral de la captación del movimiento. La melena cubierta y el rostro de esta nos hablan de una mujer madura, todo lo contrario que su pierna desnuda. ¿Quién es ella? Algunos la identifican con la diosa Minerva, inventora del telar, que supervisa el trabajo de las trabajadoras, pues ya tuvo una mala experiencia con una joven hilandera llamada Aracne. La joven alardeó de ser mejor tejedora que la diosa y esta, ofendida, la retó a un concurso. Ese episodio mitológico se narra en el plano de fondo de la obra. Pura teatralidad barroca. Minerva, portando su casco y con la mano elevada, recrimina a Aracne su osadía, pues ha escogido como tema las infidelidades de Júpiter, padre de la diosa. Será castigada por ello. Convertida en araña, tejerá sin cesar el resto de sus días.

Mezclando nuevamente realidad y ficción, Velázquez pinta un tapiz en el que se representa uno de esos episodios, el rapto de Europa. Pero no cualquier versión, sino que es un guiño a la obra de Tiziano que más tarde copiaría Rubens. El pintor sevillano rendía honores y se reencontraba así con dos grandes maestros. Un maravilloso juego espacial y narrativo que Velázquez repetiría en Las meninas.

 

El corazón del Museo

El corazón del Museo
Las meninas o La familia de Felipe IV, Diego Velázquez, 1656.

Cuando el pintor italiano Luca Giordano llegó a la Corte española para trabajar al servicio de Carlos II y contempló Las meninas, definió la obra como “la teología de la pintura”; tal era su perfección. Théophile Gautier, al contemplarlas, llegó a preguntar dónde estaba el cuadro, pues le parecía estar directamente en aquel Cuarto del Príncipe del Real Alcázar rodeado de los personajes históricos. Édouard Manet cayó rendido ante la maestría de Velázquez; Ortega y Gasset le dedicó sus palabras; Salvador Dalí declaró que, de producirse un incendio en el Prado, salvaría el aire de Las meninas

Mucho se ha dicho sobre ellas, y también muchos son a quienes ha inspirado a nivel plástico: Goya, Picasso, Manolo Valdés, Equipo Crónica, Antonio de Felipe, Richard Hamilton o Jacqueline Roberts, en su serie Kindred Spirits, son solo algunos ejemplos.

La sala 12 del Museo, lugar en el que se exhiben, es el corazón del Prado. Desde allí nos contemplan, testigos inalterables del paso del tiempo. Supervivientes del incendio del Alcázar y la Guerra Civil española, parecen trasmitirnos la seguridad de que mientras ellas estén allí nada sucederá. Como muchas otras piezas, forman parte de nuestra vida ¿Qué recuerdos guardamos de ellas? ¿Qué supone este reencuentro?

Pintadas en la última década de la vida del pintor, a tan sólo cuatro años de la muerte del artista, la obra es un ejercicio de maestría en el que Velázquez trata de condensar todos sus aprendizajes y descubrimientos y demostrar de lo que es capaz. En una fabulosa caja espacial en la que se unifican perspectiva lineal y perspectiva aérea, Velázquez va ubicando a modo de retrato de grupo a la infanta Margarita y a los servidores que para ella trabajan, quienes interrumpen el momento en el que el maestro sevillano se encuentra retratando a Felipe IV y Mariana de Austria, reflejados en el espejo al fondo de la escena, según propone una de las muchas teorías que existen sobre el sentido de la obra.

Además del juego espacial y de ilusionismo y las referencias históricas a través de los retratos de los personajes, en Las meninas subyacen numerosos significados con gran cantidad y variedad de interpretaciones imposibles de abarcar aquí. Os proponemos seguir disfrutando del reencuentro con esta y otras obras a través de los distintos recursos que proponemos.

 

Para saber más

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