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Itinerario

Reencuentros. Parada VII. El arte como evasión

Para celebrar la reapertura, el Museo del Prado se ha puesto sus mejores galas. Una nueva exposición que reúne algunas de las obras más emblemáticas de la colección y un nuevo montaje que, esperamos, os guste y os sorprenda. ¿Habéis tratado de imaginar alguna vez cómo sería vuestro Prado ideal?

¿Quizás Los Saturnos de Goya y Rubens dialogando entre sí? ¿El descendimiento de Van der Weyden y La Anunciación de Fra Angélico mirándose frente a frente? ¿Carlos V y el Furor desprovisto de armadura? ¿Las Meninas y Las Hilanderas juntas? 

A través de esta nueva propuesta podremos no sólo reencontrarnos con obras, personajes o historias que echábamos de menos, sino establecer nuevas conexiones, diálogos y narrativas entre ellas.

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Actividad

El gran escenógrafo

El gran escenógrafo
El lavatorio, Jacopo Robusti Tintoretto, 1548-49.

El arte nos permite evadirnos por unos instantes, alejarnos del mundanal ruido, respirar unos segundos lejos del rumor, el estrés o el ruido de la vida cotidiana. Como puertas abiertas a otros mundos, las pinturas nos transportan a otros lugares, tiempos y espacios.

Jacopo Tintoretto fue uno de esos grandes escenógrafos capaces de crear un espacio ficticio a través de una caja espacial impecable y un gran dominio de la perspectiva, un nuevo lugar que recorrer con los ojos. Antes de acometer una pintura, realizaba todo tipo de apuntes, dibujos y bocetos, jugando con pequeños escenarios en los que disponía figurillas de cera a modo de personajes para estudiar hasta el último detalle la composición. Una de sus obras más célebres, El lavatorio, nos invita a abandonar por unos instantes la realidad para sumergirnos en una espectacular arquitectura clásica de mármoles blancos y suelos de damero, que asoma a una ensenada rodeada de vegetación. Pero no nos adentramos desde el eje central, sino desde la esquina inferior derecha, donde se encuentra la escena principal: Cristo lavando los pies a los apóstoles antes de la Última Cena, escena representada a su vez en el interior de la pequeña estancia ubicada al fondo a la derecha.

La obra estaba destinada a una de las capillas laterales de la iglesia de San Marcuola en Venecia y formaría pareja con otra de mismo formato, centrada en el episodio de la Última Cena, creándose así una peculiar relación y juego escenográfico al contemplar una frente a la otra. Se trataba de una capilla lateral, por lo que lo primero que veía el espectador al observar este cuadro era el lugar en el que se encuentra Cristo; de ahí la particular perspectiva.

Más allá de las figuras monumentales de los apóstoles, entregado cada uno a distintas acciones, merece la pena caminar con la vista hacia el agua clara, contemplar los reflejos de las nubes pasajeras y las barquichuelas que entran o salen del pequeño puerto, con sus velas movidas por la ligera brisa, y detenerse en las espigadas figuras que pasean bajo el arco o buscar las ramas y hojas que asoman por cada recoveco. ¿Qué sucedería si cambiáramos el fondo, el paisaje? ¿Nos transportaría el cuadro de la misma manera?

 

La naturaleza como deleite

La naturaleza como deleite
El embarco de Santa Paula Romana, Claudio de Lorena, 1639

El sol apenas acaba de despuntar en el horizonte. Las luces del alba, blancas y de un amarillo pálido, comienzan a mezclarse con sutiles tonos rosados que anuncian un día claro y despejado. El formato vertical del cuadro, con la línea de horizonte muy baja, permite al pintor recrearse en el cielo, las nubes y la luz. La ciudad despierta, los pescadores faenan en sus barcas dispuestos a salir a mar abierto, hombres y mujeres llegan al puerto para subir en las barcazas que los llevarán hasta las naves en las que viajarán hacia sus destinos. En primer plano, ataviada de forma sencilla y con la cabeza cubierta, Santa Paula Romana es acompañada por sus hijas e hijos, quienes van a despedirla antes de que parta a su retiro en Antioquía.

La luz va modelando las formas de las arquitecturas, aparecen los sillares y molduras de los edificios, las acanaladuras de las columnas, y se filtra entre los arcos. Dibuja también destellos cegadores en las suaves olas que se acercan al puerto, como si en lugar de adentrarnos fuera la naturaleza la que saliera a nuestro encuentro. Se trata de una recreación fantástica, pero salpicada de elementos reales como el faro que despunta al fondo de la escena, relacionado con el de la ciudad de Génova, los guiños a la Villa Médicis en el edificio de nuestra derecha o la forma del pequeño puerto, con claras reminiscencias a la ciudad italiana de Ostia.

Durante siglos, el paisaje no era un género pictórico sino un mero escenario en el que se desarrollaban las escenas mitológicas o religiosas; lo importante era la narración. Claudio de Lorena, artista principal de la Escuela de Roma junto a Nicolás Poussin, decidió dar mayor protagonismo al paisaje. Sus figuras eran pequeñas, narraba historias pero la naturaleza era la protagonista principal. Sus pinturas son una invitación a pasear por lugares de ensueño, una naturaleza armónica, perfecta, de gran belleza, como una especie de Arcadia detenida en el tiempo. Amaneceres, atardeceres, ríos de agua fresca, pinares y arquitectura popular italiana mezcladas con monumentos clásicos; Lorena pasaba horas tomando apuntes y bocetos que luego trabajaba en su taller, con una espectacular memoria visual y sensorial. Paisajes, como este de la sala 16B, que influirían en maestros posteriores como Turner, Ruskin o Corot.

¿Qué lugar le pedirías que pintara para ti? ¿Adónde viajarías ahora mismo?

 

Un jardín para recrearse

Un jardín para recrearse
El jardín del amor, Pedro Pablo Rubens, 1630-35.

La asociación de la naturaleza con el mundo terrenal y el pecado hizo que a lo largo de la Edad Media paisajes de todo tipo fueran vistos como una incitación al placer y la lujuria. El concepto de Locus amoenus o naturaleza como espacio idílico, bello y tranquilo, se asoció en ocasiones al Paraíso cristiano y desde ahí surgió el concepto de Hortus conclusus, o jardín cerrado y puro en el que no cualquiera podía entrar, en relación a la Virgen. Pero la mayoría de las veces, más que lugar ejemplificante, era un territorio destinado al deleite de los sentidos y las bondades de los placeres carnales.

Pocos pintores tuvieron a lo largo del siglo XVII una relación tan especial y sensorial con la naturaleza como Rubens. Su formación intelectual, su conocimiento del mundo clásico y su marcado catolicismo no estaban reñidos con su pasión y disfrute de la vida; obras como El jardín del amor son una invitación a la evasión y el deleite.

El jardín del amor no es solo una obra pintada por Rubens tras su segundo matrimonio con la joven Helena Fourment, sino también un tema presente en textos literarios muy populares en los ambientes cortesanos y refinados de la cultura barroca. Historias de galanteo, seducción y amor tenían lugar en espacios bucólicos habitados por Venus y Cupido, quienes favorecían los encuentros entre hombres y mujeres, permitiéndoles gozar de un placer eterno alejado de la norma y la rigidez de la corte. En un pequeño palacete ubicado en el corazón de un jardín, alejado de rumores y miradas, varias parejas se encuentran y dan rienda suelta a sus afectos. Un grupo de amorcillos revolotean por el cielo junto a las estatuas que representan a la diosa Venus y las tres Gracias, propiciadoras del amor y el disfrute. En el centro, uno de esos seres alados porta una corona y una antorcha encendida, símbolos de Himeneo, dios de los matrimonios; a la izquierda, otro porta un yugo y las palomas de Venus, símbolos también del enlace matrimonial. La voluptuosidad de las formas, la riqueza de los tejidos, el color y modelado de la pincelada, las luces, la atmósfera creada por las nubes y las copas de los árboles, el rumor del agua…; todo en la obra está al servicio de recrear un ambiente que permita huir del mundo y adentrarse en un lugar gobernado por la belleza, el placer y la plenitud. ¿Cómo sería tu jardín?

 

Viajar con la pintura

Viajar con la pintura
Chicos en la playa, Joaquín Sorolla y Bastida, 1909.

Tres muchachos disfrutan del sol y el mar un día de verano en la playa. Con amplias y vibrantes pinceladas cargadas de color, Joaquín Sorolla captura los efectos de la luz en el agua, los tornasolados y reflejos en la arena de la orilla y los brillos y destellos en la piel húmeda. Miramos un cuadro, pero parece que por unos segundos la pintura nos transporta a la playa de la Malvarrosa en Valencia. El murmullo de las olas, el sonido de las voces de los niños jugando, el olor a sal, la libertad y la energía; casi tocamos el mar, pero no hemos salido de la sala 37.

Muy cerca de esta obra, Martín Rico nos invita a otro viaje, concretamente a Granada, para visitar la Torre de las Damas en la Alhambra. Es un día caluroso, la arquitectura aparece bañada por un sol cegador y las sombras se perciben nítidas bajo las tejas. La torre aparece recortada sobre el cielo azul, rodeada por varios álamos y distinta vegetación perteneciente al bosque de la Alhambra.

Para descansar un poco del calor, Mariano Fortuny nos invita a pasar a la casa que alquiló en Portici, cerca de Nápoles, en el verano de 1874, concretamente al salón japonés en el que descansan su hija María Luisa -tumbada sobre el largo diván y dándose aire con un abanico- y su hijo Mariano, con el torso desnudo para buscar algo de frescor. La quietud de la escena, la sombra que asoma tras la celosía, el verdor de las plantas y las gamas frías de blancos y azules de la pared dan cierta sensación de frescor y descanso. Aún queda sitio en el diván para nosotros.

¿Qué lugares has echado de menos estos meses? ¿Has tratado de trasladarte a ellos a través de fotografías o pintándolos? ¿Por qué rincones y paisajes de las obras del Prado querías pasear o evadirte en este reencuentro?

 

Para saber más

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