Fallecimiento de José Milicua, patrono del Museo Nacional del Prado

Obituario

jueves 23 de mayo de 2013

El pasado martes, 21 de mayo, murió José Milicua, con 92 años, superando en pocos meses la edad que alcanzó Picasso; y como Picasso, convirtió el “mirar” en su gran pasión. Su vida adulta transcurrió entera alrededor del arte. Historia del arte era la materia que enseñó a numerosas promociones de universitarios barceloneses, muchos de los cuales recuerdan vivamente esa experiencia, asombrados y agradecidos. Obras de arte eran los objetos de los que gustó rodearse, lo que le convirtió en un pequeño y selectivo coleccionista. Museos de arte eran las instituciones con las que más estrechamente se vinculó en las últimas décadas de su vida, cuando participó muy activamente en el devenir del Museo de Bellas Artes de Bilbao o en el patronato del Museo del Prado.

Como historiador del arte, José Milicua se distinguió por su perfil internacional, que le llevó a colaborar con Roberto Longhi y a integrarse en la redacción de la revista Paragone en una época (años 50) en que eran raras este tipo de conexiones entre los profesionales españoles. Con Longhi compartía la fe en la necesidad de apurar los instrumentos que permiten avanzar en una mejor clasificación y valoración de la pintura antigua. Y compartía también con él una concepción del cuadro como algo más allá de formas, colores o características estilísticas. Pocos historiadores españoles de su generación se han mostrado tan conscientes del componente narrativo de las obras de arte, y tan capacitados para analizarlo. Para él, estilo y narración eran conceptos inseparables. Para Milicua, su pasión por el arte fue superior a su pasión por su carrera, lo que se tradujo en una producción escrita relativamente corta, pero muy intensa. A lo largo de toda ella se muestra original, y se advierte que los temas que aborda y la manera como lo hace tienen su origen en una inquietud incontaminada. Bastan artículos como “Observatorio de ángeles” para probarlo. Ese dejarse guiar por sus gustos, intereses e inquietudes hizo que, aunque pase por especialista en pintura caravaggista, a lo largo de su vida se enfrentó a la obra de una gran variedad de artistas, desde Goya o Picasso, hasta Velázquez, El Greco o Paret.

Como historiador del arte al que le guió hasta el final una pasión genuina por su materia, uno de los terrenos donde mejor pudo expresar sus intereses fue la organización de exposiciones. Proponer el tema de la exposición, seleccionar las obras, decidir en qué orden, en qué condiciones de visibilidad y con qué compañía se debían colocar, constituía para él no sólo una manera de seguir disfrutando con la pintura sino también de hacer partícipe de ese disfrute al público. Quien visitara Caravaggio y la pintura realista europea (Barcelona, 2005) advertiría en la selección de obras y el discurso expositivo que estaba ante un historiador singular. Un historiador que a sus 84 era capaz de concebir esa muestra y escribir gran parte de su catálogo. Pero si en esa ocasión mostró que era uno de los grandes expertos en caravaggismo, la pequeña exposición sobre pintura española del siglo XVIII que organizó hace sólo un par de años demostraba hasta qué punto era también un “aficionado” exquisito, culto y selectivo, que sabía detectar la calidad allí donde existe.

Las últimas décadas de su vida han estado estrechamente ligadas al Museo del Prado, de cuyo patronato ha sido vocal desde 1993. Desde entonces formó parte de la Comisión Permanente, que se reúne mensualmente y tutela el día a día del museo. Milicua fue asistente constante en sus reuniones, a las que aportó su autoridad intelectual y la perspectiva que le daban su edad y experiencia. Una proporción muy alta de los proyectos realizados por la institución fue sometida a su opinión, tanto en lo que se refiere a exposiciones, distribución de la colección permanente, adquisiciones, publicaciones, etc. Su voluntad de integrarse en la vida del museo, y aportar a ella, hizo que, por ejemplo, su presencia fuera frecuente en el taller de restauración o que le uniera una cordial relación con los conservadores. También hizo algunas aportaciones concretas y muy valiosas. Quien visite la exposición “La belleza encerrada” se encontrará con Los desposorios de la Virgen, de Mazzucchelli, que donó en el año 70; y quien recorra la colección permanente se verá sorprendido en la sala VII por dos cuadros de rara belleza. San Jerónimo es una de las poco más de veinte obras que se conocen de George de la Tour. Colgaba anónimo en una de las sedes del Instituto Cervantes hasta que Milicua la identificó como obra importante de ese pintor; y desde entonces es una de las joyas del Prado. Cerca de él se ve La resurrección de Lázaro, que ahora todos consideran obra maestra de la juventud de José de Ribera. Afortunadamente para el Prado, en el momento en que salió a subasta en Nueva York eran muy pocos los que sostenían esa atribución. Entre las principales excepciones se encontraba Milicua, gracias a cuya insistencia el Prado apostó, sin dudar, por ella.

 
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