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Los retratos ecuestres de Felipe III y Margarita de Austria de Velázquez recuperan sus calidades y composición original

    viernes 02 de diciembre de 2011

    El hecho de que los añadidos del siglo XVIII fueran pintados sobre una imprimación distinta a la de los cuadros originales ha provocado que el comportamiento de los colores en ambas zonas haya sido distinto a lo largo de estos dos siglos y medio. Por lo tanto, la restauración de ambos cuadros no sólo ha implicado su limpieza, sino también la restitución, en la medida de lo posible, de sus condiciones originales de percepción. Para ello se ha optado por despegar estos añadidos ya que era la intervención menos lesiva a corto, medio y largo plazo, dado que el sistema de unión de las bandas con el cuadro original permitía una intervención muy limpia.

    Felipe III, a caballo y Margarita de Austria, a caballo se exhiben ahora en la sala 12 con sus espléndidos valores propios, perdidos parcialmente durante dos siglos y medio por lo anteriormente expuesto. Si hasta ahora no era fácil entender el valor de estas obras dentro del conjunto (más allá del puramente iconográfico), ahora se hace meridianamente claro; y la comparación, por ejemplo, entre los retratos ecuestres de Felipe IV y de su padre muestra ya las dos diferentes formas empleadas por Velázquez para representar la majestad de uno y otro monarca: el sosiego de Felipe IV, representado mediante la impasibilidad de su gesto y el perfil de la composición, frente al dinamismo de Felipe III, que se transmite mediante el escorzo de su caballo y el luminoso cielo ante el que se proyecta. Por todas estas razones, el resultado de esta intervención trasciende a los dos cuadros implicados ampliando sus positivas consecuencias a la comprensión de todo el conjunto.

    Ariadna dormida

    Expuesta en la emblemática sala circular (74) del Museo conocida como ‘Rotonda de Ariadna”, sala en la que se ha realizado una renovación arquitectónica, la Ariadna dormida fue creada en la época del emperador Marco Aurelio como variante de una escultura griega del siglo II a. C. Ariadna aparece tumbada, dormida en la playa de Naxos, donde Teseo le acaba de abandonar tras la aventura del minotauro. Allí la descubrió Dionisio enamorándose de ella y haciéndola su esposa. La riqueza de los pliegues cruzados y la plasticidad grandiosa son rasgos típicos del último período de la escuela de Pérgamo, situando el modelo griego hacia 150 a.C.

    Procedente de la colección romana de Cristina de Suecia (1626-1689), la estatua incompleta fue restaurada h. 1670 por alumnos de Gianlorenzo Bernini, primer escultor de su época. Se añadieron gran parte de los dos brazos, nariz, barbilla, un pie y otros fragmentos. Por esa razón, la escultura es también un documento histórico que ilustra el gusto y los criterios de restauración en la época del Barroco temprano, cuando la reconstrucción completa de las fragmentadas estatuas antiguas era la norma.

    Las uniones de los fragmentos originales o añadidos que forman la escultura de Ariadna se habían visto deterioradas creando visualmente líneas oscuras cuya presencia impedía la lectura de la obra de forma unitaria. Para conseguir la total integración visual de las juntas y poder percibir la Ariadna como un todo, como una unidad formal, en lugar de una suma de fragmentos, se ha realizado una reintegración cromática con acuarela empleando el puntillismo como técnica diferenciadora limitándose exclusivamente a las lagunas, siguiendo los criterios de reversibilidad. La intervención, realizada por Sonia Tortajada (con la colaboración de María José Salas Garrido), además de la reintegración, ha supuesto la limpieza de toda la superficie para eliminar los depósitos de partículas sólidas y recubrimientos y la colocación, como medida de conservación preventiva, de un palet de acero inoxidable que sirve de soporte para su manipulación y montaje.

     
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