Fortuny y el esplendor de la acuarela española. El Prado muestra temporalmente una selección de acuarelas de Fortuny y sus seguidores.

Mariano Fortuny y Marsal (1838-1874), <em>Menipo</em>, copia de Velázquez, 1866. Acuarela sobre papel, 620 x 470 mm. Legado Ramón de Errazu 1904 [D-7416]

Mariano Fortuny y Marsal (1838-1874), Menipo, copia de Velázquez, 1866. Acuarela sobre papel, 620 x 470 mm. Legado Ramón de Errazu 1904 [D-7416]

    A partir de hoy, el Prado muestra temporalmente, una nueva selección de sus fondos del siglo XIX en la “sala de presentación de colecciones” creada para mostrar de forma rotatoria conjuntos de obras de esta centuria habitualmente no expuestos y elegidos entre sus amplios fondos en razón de su interés y calidad. Gracias a la decisión de crear este espacio de exposición temporal como cierre del recorrido de las colecciones del siglo XIX, el Museo presenta ahora en el mismo un excelente conjunto de acuarelas del gran maestro catalán Mariano Fortuny y de sus discípulos y seguidores. Bajo el título “Fortuny y el esplendor de la acuarela española en el Museo del Prado”, la sala reúne trece de las mejores acuarelas de los artistas del siglo XIX que alcanzaron la mayor perfección en el uso de esta técnica pictórica. Es una oportunidad excepcional de contemplar estas obras ya que, debido a sus especiales características materiales, estas no pueden mostrarse de forma habitual.

    miércoles 02 de marzo de 2011

    Aunque la acuarela fue un vehículo de expresión artística característico de todo el siglo XIX, el periodo álgido de esta técnica se produjo en España de la mano de Mariano Fortuny (1838-1874), cuyo papel estelar en la cultura artística internacional de su tiempo despertó en el arte de nuestro país un verdadero afán de emulación de todo aquello que había dado fama al maestro catalán. Si bien Fortuny empleó la acuarela, como muchos de sus contemporáneos, para captar sus impresiones y explorar sus ideas artísticas, sobre todo desarrolló con ella obras acabadas, de verdadera intención pictórica, con la misma excelencia y virtuosismo que caracterizaron sus mejores obras al óleo. Por ello, los coleccionistas y marchantes de su tiempo estimaron siempre estas acuarelas tanto como sus pinturas más delicadas y valiosas.

    Tras la prematura desaparición de este maestro, muchos de sus discípulos españoles continuaron realizando acuarelas con un sentido claramente pictórico, aunque con ellas se aproximaran, a medida que avanzaba el siglo, a un emergente naturalismo. El Museo del Prado conserva, junto a algunas de las más exquisitas acuarelas de Fortuny, espléndidos ejemplos de las acuarelas realizadas por sus seguidores, que reflejan fielmente la variedad de sus intereses, desde los tipos orientalistas hasta el paisaje.

    La acuarela fue uno de los vehículos más característicos de expresión artística del siglo XIX. Aunque ya era practicada con cierta asiduidad por los pintores españoles de las generaciones anteriores, su mayor esplendor llegó a España de la mano de Mariano Fortuny (1838-1874). El indiscutible papel estelar desempeñado por este pintor en la cultura artística internacional de su tiempo despertó en el arte de nuestro país un verdadero afán de emulación de todo aquello que daba fama al maestro catalán y, en especial, de sus inquietudes de experimentación técnica. Si bien Fortuny empleó la acuarela como muchos de sus contemporáneos, para captar con ella sus impresiones de paisajes o apuntar ágilmente ideas artísticas de un modo más o menos inmediato, sobre todo desarrolló con esa técnica obras acabadas sobre papel de un suntuoso preciosismo pictórico, que corrió estrechamente paralelo al que caracterizó sus mejores obras sobre lienzo. Por ello, los coleccionistas y marchantes de su tiempo apreciaron siempre esas últimas acuarelas tanto como sus pinturas más delicadas y valiosas.

    Tras su prematura desaparición, muchos de los discípulos y seguidores españoles de Fortuny siguieron realizando acuarelas con un sentido claramente pictórico, manifiestamente heredero del arte del maestro, que atestiguaría hasta casi el final del siglo el alcance real de su influencia en nuestro país. Alguno de sus más fieles amigos, como Martín Rico (1833-1908), aprendió la lección a su lado y continuaría realizándolas durante el resto de su carrera, siempre en forma de exquisitos paisajes y vistas. Y uno de sus admiradores, José Jiménez Aranda (1837-1903), terminaría por convertir sus propias acuarelas de paisajes, realizadas con un verdadero virtuosismo preciosista, en una de las vías más fecundas del naturalismo en España, ya en las últimas décadas del siglo. Otro de los discípulos más cercanos de Fortuny, José Tapiró (1836-1913), dio continuidad a su interés por los motivos orientalistas, que había conocido con él, concentrados siempre en el norte de África, en acuarelas cercanas a las preocupaciones antropológicas propias del realismo, de un poderoso atractivo plástico. Fortuny fue seguido también, en última instancia, por Antonio Fabrés (1854-1936), que llegó a realizar acuarelas de una asombrosa espectacularidad técnica, sobre pliegos de papel de grandes dimensiones, con una ejecución nítida y precisa y con un sentido narrativo de sus composiciones mucho más desarrollado que Tapiró. Otro artista especialmente sensible a la herencia del maestro, José Villegas (1844-1921), se acercó a los tipos y costumbres, esta vez rurales, en acuarelas de gran formato y de atenta factura.

     
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