19.11.2024 - 02.03.2025

El teórico Antonio Palomino (1655-1726), al elogiar la escultura del Cristo del Perdón, tallada por Manuel Pereira y policromada por Francisco Camilo, concluía con la siguiente frase: “Que así la pintura como la escultura, dándose las manos, componen un prodigioso espectáculo”. La singularidad que alcanzó en el ámbito hispánico de la Edad Moderna la síntesis de volumen y color, en una continuidad ininterrumpida con la tradición clásica, es un fenómeno fascinante y fundamental para entender el papel desempeñado por la creación artística como instrumento de persuasión.
Luis Salvador Carmona. Cristo del Perdón, 1756. Madera policromada y postizos. Nava del Rey (Valladolid), Clarisas Capuchinas.
Gaspar Becerra (escultor) / Gaspar de Hoyos y Gaspar de Palencia (policromadores). Santo Tomás, 1558-62 (talla) y 1570-79 (policromía). Catedral de Astorga (León), retablo mayor.
Desde el mundo grecolatino, la representación escultórica se entendió como una necesidad irrenunciable. La divinidad se hacía presente a través de su imagen corpórea, protectora y sanadora, que aumentaba su veracidad cuando se cubría de color, atributo esencial de la vida frente a la palidez inanimada de la muerte. Así lo expresaba en 1677 el benedictino Gregorio de Argaiz: “Cada figura, por perfecta que sea en la escultura, es un cadáver; quien le da vida, y alma, y espíritu, es el pincel, que representa los afectos del alma. La escultura forma al hombre tangible y palpable […], mas la pintura le da la vida”.
Taller pompeyano. Venus tipo Lovatelli con idolillo, siglo I d.C. Mármol de Paros y restos de policromía. Nápoles, Museo Archeologico Nazionale di Napoli.
Al mismo tiempo, la escultura sagrada se rodeó de connotaciones sobrenaturales desde el momento mismo de su ejecución. Así, se asoció con prodigios e intervenciones divinas, con talleres angélicos o con artífices que debían ponerse en una buena disposición moral para llevar a cabo una tarea que excedía el mero ejercicio artístico, pues lo que se alumbraba era en última instancia un remedo de lo divino.
Gregorio Fernández. Sed tengo, 1612-16. Madera policromada y postizos. Valladolid, Museo Nacional de Escultura.
Esta muestra busca reflexionar sobre el fenómeno y el éxito de la escultura coloreada que inundó los templos del Siglo de Oro y a la que se sacó un enorme partido como apoyo en la predicación. La estrecha y perfecta colaboración entre escultores y pintores nos habla del elevado valor de la policromía, que lejos de ser un mero adorno de la pieza era una parte esencial de ella, sin la cual no se daba por concluida.
Juan Martínez Montañés (escultor) y Francisco Pacheco (policromador). Santo Domingo de Guzmán, 1605-9. Madera policromada. Sevilla, Museo de Bellas Artes.
El color también contribuyó de manera decisiva a acentuar los valores dramáticos de estas creaciones, tanto las destinadas a los retablos como a los pasos procesionales. La gestualidad teatral, unida a la vistosidad de los ropajes, ya fueran esculpidos, de telas encoladas o de textiles reales, convirtieron estos conjuntos en unidades escénicas ricas en significados.
Luisa Roldán, La Roldana. Los primeros pasos de Jesús, h. 1692-1704. Terracota policromada. Museo de Guadalajara.
Finalmente, la exposición también aborda otros ejemplos de interrelación de las artes ligados a la escultura pintada, desde las estampas que ayudaron a difundir las devociones más populares, hasta los velos de Pasión que fingían retablos o las pinturas que, en un sugestivo ejercicio ilusionista, reproducían con fidelidad las imágenes escultóricas en sus altares.
Atribuido a Sebastián Herrera Barnuevo. La Virgen de la Soledad, h. 1665. Óleo sobre lienzo. Madrid, Museo Nacional del Prado.
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Dirección Manuel Arias, Jefe de Departamento de Escultura del Museo Nacional del Prado
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6 de enero, 24 y 31 de diciembre: 10.00 - 14.00 h
Acceso hasta 30 min antes del cierre
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1 de enero, 1 de mayo y 25 de diciembre
Abierto hasta 30 min antes del cierre
www.museodelprado.es y taquillas
cav@museodelprado.es / 91 068 30 01
Entrada general: 15 €
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