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Emperador Carlos V, a caballo, en
Mühlberg, El [Tiziano]
1548, óleo sobre lienzo, 335 x 283 cm
[P410].
La pintura conmemora la batalla de
Mühlberg, que Carlos V ganó a los
príncipes alemanes coaligados en la
Liga de Smalkalda, que tuvo lugar el
día 24 de abril de 1547. Un año
después, en el momento de la reunión
de la Dieta Imperial en la ciudad de
Augsburgo, Tiziano, allí a instancias
de Carlos V, realiza esta obra entre
el mes de abril y el 1 de septiembre.
Este viaje, el primero de los dos que
el artista realizó a la ciudad del
sur de Alemania, es muy indicativo de
la importancia que Tiziano daba a la
relación con Carlos V y la corte
imperial, ya que son las dos únicas
veces que salió de Italia. Llamado
por el emperador para que el artista
reparara ciertos defectos de un
primer retrato póstumo, hoy perdido,
de la emperatriz Isabel, su estancia
en Augsburgo fue enormemente
fructífera, ya que entonces realizó
no solo este retrato ecuestre o el
conservado de Isabel, sino el del
vencido Juan Federico de
Sajonia (Kunsthistorisches
Museum, Viena) y varios retratos más,
perdidos en su mayoría, de la familia
imperial. La caída de la tela cuando
estaba siendo puesta a secar provocó
su primera restauración, de la que se
hizo cargo Christoph Amberger, al
servicio de Tiziano. Los desgarros en
la parte inferior izquierda
producidos por este incidente aún son
visibles y fueron especialmente
tenidos en cuenta en su última
restauración entre los años 2000 y
2001. La pintura fue probablemente
encargada por María de Hungría, la
hermana de Carlos V, en cuyos
inventarios, y no en los del
emperador, aparece citada antes de
pasar, a su muerte en 1558, a la
colección de Felipe II. Desde este
momento, la obra se convirtió en una
de las pinturas capitales de la
colección real española, expuesta
habitualmente en el Real Alcázar de
Madrid en un lugar tan destacado como
el salón nuevo o salón de los
espejos. Convertida, al menos desde
1558, en la imagen simbólica par
excellence de Carlos V, este
retrato ecuestre recoge las dos
tradiciones representativas más
queridas de la corte carolina en
torno al emperador. Si, por un lado,
la idea de representar a Carlos a
caballo nos remite a la del miles
christi de tradición cristiana,
paulina y erasmiana, y a un modelo
formal como la estampa de Alberto
Durero El caballero, la muerte y
el diablo (1513), por otro, la
imagen ecuestre de gran formato y
aparato se relaciona con el
Retrato ecuestre de Marco
Aurelio, único conservado de la
Antigüedad clásica y modelo indudable
de Tiziano. La obra une, por tanto,
las dos antigüedades fundamentales,
la cristiana y la clásica, en las que
Carlos V pretendía fundamentar no
solo su poder político, sino incluso
el de la dinastía habsbúrgica. Por
otra parte, es evidente que la
ausencia de expresión en el rostro de
Carlos nos remite a su idea de un
emperador estoico y a la imagen
propagandística que en ese momento le
interesaba desarrollar, que no era
otra que la de un personaje pacífico.
De esta manera, la pintura ha de ser
considerada en estrecha relación con
la escultura de Leone y Pompeo Leoni,
El emperador Carlos V
y el Furor (Prado),
alegoría, ahora escultórica, del
personaje como político pacífico,
autocontenido y estoico. En este
lienzo Tiziano crea el prototipo de
retrato ecuestre, de gran influencia
posterior, como lo demuestran sus
consecuencias a lo largo de los
siglos (Rubens, Velázquez, Ranc,
Bourdon, Goya), muchas de las cuales
pueden verse en el Museo del Prado.
El artista no quiso utilizar un
lenguaje alegórico, como le recomendó
al respecto Pietro Aretino, que le
aconsejaba incluir en el mismo las
imágenes de la Fe y la Religión, así
como la de los enemigos pisoteados
por el caballo. Tiziano, sin embargo,
se plantea una imagen muy directa del
emperador, inspirándose en la crónica
oficial de Luis de Ávila y Zúñiga,
cuyo texto describe el tipo de
caballo, las armas utilizadas (el
arnés, obra de Helmschmid, se
conserva en la Real Armería de
Madrid), e incluso la peculiar
iluminación atmosférica de la
jornada. La utilización del morrión
de triple cresta, a la «tudesca», la
lanza corta de combate, la pistola de
arzón y la ya mencionada media
armadura, proporcionan el tono «real»
a la pintura, prodigiosa
construcción, por tanto, de una
imagen a la vez que mitificadora y
simbólica, directa y realista. De
esta manera, Tiziano utilizó la
técnica colorista propia de la
pintura veneciana y la aplicó con
gran sabiduría a los brillos de la
armadura, al rojo y a los reflejos
dorados de la gualdrapa del caballo
y, sobre todo, a la iluminación y
sentido atmosférico del paisaje en el
que ha enmarcado al personaje.
Especial atención hay que prestar a
la realización pictórica de la
armadura, en la que los brillos y las
sombras no están, de ninguna manera,
dados al azar, sino con una gran
precisión individualizadora de
aquello que está pintando, aun en sus
mínimos detalles. La reciente
restauración ha puesto en evidencia
el cuidado con que Tiziano realizó no
solo la figura, sino también este
paisaje iluminado por las luces del
crepúsculo y en el que, en su parte
derecha, se pueden observar las
brumas, una pequeña construcción y
las ciénagas y estanques que, aún hoy
día, son características de la ribera
del Elba, donde se libró la batalla.
Recordemos que, según las crónicas,
fue el paso de este río lo que
decidió la victoria de los imperiales
y el momento en el que el grabador
Enea Vico sitúa la acción de su
estampa conmemorativa de la batalla.
A esta imagen oficial del
acontecimiento, Tiziano opone otra,
no menos oficial, pero mucho más
simbólica y contundente del
emperador, solitario, montando a
caballo sobre los campos del Elba. El
artista trata de evocar no tanto solo
un episodio, sino las implicaciones
simbólicas de un personaje. En esta
fecha de 1548, después de su estancia
en Roma de 1545-1546, Tiziano está
dando los primeros pasos de lo que
será su última etapa, caracterizada
por una acentuación aún mayor de los
valores pictóricos y cromáticos sobre
los dibujísticos, es decir, la
superior importancia del
colorito a la veneciana, sobre
el disegno toscano-romano.
Esta característica es muy
perceptible en algunas de las
pinturas realizadas en esta estancia
en Augsburgo, como, por ejemplo, en
el retrato de La emperatriz doña
Isabel de Portugal (Prado), y en
éste del emperador es fácil de
observar no solo a través del
cuidado de los brillos metálicos de
la armadura y del cuidado en la
definición de las calidades de las
telas, sino, sobre todo, en el
cuidado con el que ha sido realizado
el paisaje y las distintas
tonalidades de la luz reflejadas en
las nubes y el cielo. Además del
incidente de Augsburgo, esta tela
sufrió mucho en el incendio del Real
Alcázar, así como en su traslado a
Ginebra con motivo de la Guerra Civil
Española. La restauración realizada
en 2000-2001 ha recuperado en buena
medida sus calidades originales, a la
vez que ha permitido estudiar con
detalle el proceso de creación de la
obra. Como se puede observar en la
radiografía realizada, Tiziano colocó
la lanza en un primer momento por
encima del cuello del caballo y fue
variando la posición del rostro del
emperador, que fue pensado al inicio
esbozando una mirada hacia el
exterior. Al final, el artista optó
por una postura más de perfil que
acentuara ese rasgo inexpresivo y
ausente: en realidad, Carlos V mira
hacia su propio interior. De igual
manera, los estudios técnicos
realizados han permitido observar las
reparaciones, muchas veces a base de
injertos de otras pinturas, que el
lienzo sufrió posiblemente en el
siglo XVIII tras el incendio del Real
Alcázar de 1734.
Fernando Checa Cremades
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