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Miguel Falomir
Miguel Falomir
Director adjunto de Conservación e Investigación del Museo Nacional del Prado [+]

Bienvenidos al Museo del Prado, una institución casi bicentenaria cuyo origen y poderosa singularidad debe mucho a los gustos de los monarcas de los siglos XVI y XVII. El coleccionismo entonces difería del actual. Sin pretensiones enciclopédicas, aspiraba a reunir cuantas obras fuera posible de los artistas predilectos. Ello explica que del Prado se haya dicho que es un museo de pintores, no de pinturas, pues los artistas representados suelen estarlo de forma superlativa, pudiendo preciarse de poseer los mayores conjuntos de El Bosco, Tiziano, El Greco, Rubens, Velázquez o Goya, a veces con más de un centenar obras. Este tipo de coleccionismo, visceralmente pasional, generaba también lagunas, y explica que unos períodos estén peor representados que otros, a veces porque entonces no interesaban, como sucedía con los “primitivos” italianos, otras por circunstancias históricas, como ocurrió con la pintura holandesa del Seiscientos.

El primer pintor coleccionado por los monarcas españoles, y el pilar sobre el que se erigió la colección real, fue Tiziano. La elección tuvo consecuencias decisivas para el coleccionismo regio e incluso para la propia evolución de la pintura española. Al decantarse por el campeón del color en detrimento de los pintores florentinos y romanos que defendían la primacía del “disegno”, los monarcas optaron por una pintura que primaba sus aspectos más emotivos y sensuales. A Tiziano siguieron otros venecianos (Veronese, Tintoretto) y aquellos artistas que asumieron su legado, como los flamencos Pedro Pablo Rubens y Anton Van Dyck, y la influencia de unos y otros fue decisiva para la eclosión de la pintura española en el siglo XVII, con Velázquez a la cabeza. Esta fue la viga maestra de la antigua colección real, pero no fue la única. Otros pintores y escuelas fueron incorporados desde el siglo XVI. Felipe II gustó de la pintura flamenca del XV –lo que explica nuestras colecciones de  van der Weyden, Memling y, sobre todo, el Bosco- y aún más decisivo fue Felipe IV, quien no sólo encargó obras a ya citados Rubens, Velázquez y Van Dyck, también al español activo en Nápoles José de Ribera, a los franceses Nicolás Poussin y Claudio de Lorena, y a pintores italianos que contribuyeron a decorar sus múltiples residencias. Procuró además paliar lagunas existentes, agregando a la colección artistas italianos del Renacimiento italiano no veneciano como Rafael, Parmigianino o Correggio. A su muerte la colección real española era la mejor de Europa y el modelo a imitar.

Con el advenimiento de la dinastía Borbón llegaron los pintores franceses, dando inicio a un siglo, el XVIII, dominado por artistas foráneos. A los franceses les sucedieron los italianos y, en el tercer cuarto de la centuria, Madrid fue escenario de una de las rivalidades artísticas más fascinantes de Europa, cuando Carlos III empleó a dos artífices antagónicos en sus formas de entender y practicar la pintura: el veneciano Giovanni Battista Tiepolo, brillante epígono de la gran tradición, y el bohemio formado en Roma Anton Raphael Mengs, heraldo del neoclasicismo. Sólo a finales del siglo, con Goya, vuelve un pintor español a dominar el escenario cortesano.

El Prado y sus colecciones son reflejo de la historia de España, cuyo menguante papel  internacional en el siglo XIX mermó su atractivo para artistas foráneos. Son ahora los españoles quienes se educan y trabajan fuera: en Roma a principios de la centuria, y desde mediados en París, convertida en capital mundial del arte. De ello, del fervor nacionalista que recorrió el siglo, y que nuestros pintores plasmaron en lienzos que celebraban sus gentes, paisajes e historia,y de la desamortización de los bienes eclesiásticos que, vía Museo de la Trinidad, contribuyeron decisivamente a acrecentar los fondos procedentes de la Corona, dan fe nuestras colecciones, que se cierran en 1881, año de nacimiento de Picasso. Y unas colecciones que, aunque mayoritariamente pictóricas, comprenden asimismo excepcionales testimonios escultóricos, de artes decorativas y de obras sobre papel, de la Antigüedad al siglo XIX.

Desde su creación en 1819 el Museo del Prado ha sido un decisivo actor del progreso de la historia del arte. Ha sido determinante en la recuperación de los primitivos españoles y de figuras emblemáticas como El Greco, en el encumbramiento de Velázquez a la cúspide del Parnaso pictórico español,  y sus salas han servido de inspiración a algunos de los pintores más vanguardistas de los últimos 150 años. Tal es el acervo que mostramos orgullosos a nuestros visitantes.

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