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En torno a 1909, en verano, en la playa de la Malvarrosa, Sorolla se sentía un hombre plenamente feliz. Sus éxitos en Europa habían tenido una fecunda continuidad en Estados Unidos, y el reconocimiento de la crítica sólo era superado por el éxito en el mercado, que demandaba continuamente obras del pintor. En ese tiempo de plenitud y seguridad, Sorolla realizó una serie de pinturas ambientadas todas ellas al borde del mar, que forman un elenco en el que se encuentran las pinturas más emblemáticas del artista. Son imágenes pletóricas, extraordinariamente luminosas, en las que el clasicismo mediterráneo que planea sobre toda su obra alcanza su expresión más exuberante, reforzada además con los marcos de inspiración arquitectónica griega que Sorolla colocó a muchas de estas obras. En efecto, una armonía casi musical, como de una calmada procesión clásica, anima Paseo a la orilla del mar, obra que sustancia toda la fama del artista y en la que el tratamiento matérico cobra un gran protagonismo. Escenas como El baño del caballo o Chicos en la playa se convirtieron no sólo en evocaciones del pasado grecolatino del mar Mediterráneo, sino que pasaron a ser además verdaderos iconos de la obra de Sorolla y expresión de una interpretación gozosa de la realidad, contrapuesta al pesimismo de la generación del noventa y ocho.

 


Lupa

Joaquín Sorolla, El baño del caballo, Óleo sobre lienzo, 205 x 250 cm. 1909. Madrid, Museo Sorolla

 
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