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La obra madura de Sorolla culminó sus afanes de libertad creadora, desentendida de cualquier límite expresivo. Sin dejar de ser fi el a la defi nición realista de su arte, desplegó entonces sus obras más atrevidas, en las que la ejecución material se antepone a cualquier otro aspecto. La siesta es el ejemplo más marcado de ese afán de independencia plástica. A esa misma experiencia estética tan audaz pertenece el retrato de Louis Comfort Tiffany, en el que Sorolla jugó con el tratamiento del paisaje del fondo para identificar más claramente la personalidad del retratado.

Pero en los últimos años de su vida Sorolla abandonó esa via experimental que representa La siesta y, hacia 1915, regresó a su propio orden artístico. En la campaña de ese verano su arte adquiere un tono monumental y rotundo que se intuye en las Barcas varadas en la playa, cuyas velas –de una tersura pétrea– ondean hasta salirse de la perspectiva del propio lienzo. La culminación de su arte se halla en la presencia sensual y pagana de La bata rosa, en la que el escultural físico de una figura femenina queda rotundamente humanizado por el tratamiento de la luz con un realismo plenamente moderno.

 


Lupa

Joaquín Sorolla, La bata rosa, Óleo sobre lienzo, 208 x 126,5 cm. 1916. Madrid, Museo Sorolla

 
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