XI. El Paisaje
Como sucedió con la pintura de retratos, Sorolla desarrolló una labor tan destacada como paisajista que sólo por ella hubiera merecido una consideración principal en el panorama de su tiempo. Influido por la personalidad de su amigo Aureliano de Beruete, el maestro más notable del género en España, Sorolla se mostró siempre interesado por la captación naturalista de los efectos atmosféricos y por reflejar la geografía de forma fiel a la realidad. Sus obras de paisaje se convierten en ocasiones en la demostración más inmediata de la libertad con que concebía su pintura. Atento a las vistas de playas, prados, montañas y ciudades, Sorolla dejó tras de sí, sobre todo a partir de 1901, además, paisajes que son fruto de la contemplación de detalles singulares, de
una modernidad atrevida, a través de
encuadres insólitos y una técnica directa
y fresca.
Los esfuerzos por pintar sus lienzos en
la Naturaleza, que exigían del artista
gran vigor físico, fueron reduciéndose a
medida que Sorolla fue envejeciendo y la
enfermedad se apoderó de él. Así, al fi
nal de su
producción se recluyó en el jardín de su casa de Madrid, hoy Museo Sorolla. Entre los muros de estos jardines pintó sus últimas obras, siendo el escenario que vería caer de las manos del artista los pinceles para siempre.




