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Maíno demostró excelentes dotes para el retrato, y así lo recoge el aragonés Jusepe Martínez, un retratista y tratadista de la época: “Maíno tuvo gracia especial en hacer retratos, que a más de hacerlos tan parecidos los dejaba con tan grande amor, dulzura y belleza que, aunque fuese la persona fea, sin defraudar a lo parecido añadía cierta hermosura”. Como otros artistas de su tiempo incluyó retratos en algunas de sus composiciones religiosas, o al menos así los percibimos dado el grado de concreción y viveza que otorgó a algunas figuras masculinas. Su Santo Domingo de Guzmán del retablo de San Pedro Mártir o el San Agabo del Bowes Museum muestran dos rostros tan cargados de determinación que es posible que se basen en la fisonomía de individuos contemporáneos del pintor. Más contenido, seguramente por representar a un miembro de la orden dominica y a un hijo del rey Felipe IV, es el retrato de fray Alonso de Santo Tomás, uno de los últimos trabajos de Maíno.


Lupa

Santo Domingo de Guzmán Juan Bautista Maíno. Óleo sobre tabla, 118 x 92 cm. Madrid, Museo Nacional del Prado

 
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