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A partir de 1645 aproximadamente observamos una transformación radical en el estilo de Rembrandt. Las expresiones extrovertidas y el dinamismo de las composiciones desaparecen de sus cuadros, y los sustituyen la quietud y la concentración psicológica. El vigor físico característico de los personajes de Rembrandt en años anteriores se transforma ahora en vigor de espíritu. En muchas zonas de los cuadros las gruesas pinceladas, más que definir las formas, las sugieren. El protagonismo que Rembrandt concede en sus últimos años a una factura de aspecto inacabado es sorprendente. Según Arnold Houbraken (1660-1719), uno de los primeros biógrafos de Rembrandt, éste afirmó que “una pintura está terminada cuando el maestro ha conseguido sus objetivos”. Con esta frase Rembrandt afirmaba su independencia como creador y también su creencia en que los objetivos de la pintura van más allá que representar la mera apariencia de las cosas.


Lupa

Betsabé. Óleo sobre lienzo, 142 x 142 cm. 1654. París, Musée du Louvre


Lupa

El apóstol Bartolomé Óleo sobre lienzo, 122,7 x 99,7cm. 1657. San Diego, CA, The Timken Museum of Art

 
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